En recuerdo de Jacinto Pino, amigo de las preguntas.Creo en el valor de las preguntas y sospecho de las respuestas contundentes. Decir no sé es moneda escasa: desconcierta, y sube el valor de las verdades aparentes que tranquilizan. Preguntar educa, contestar —llenar el ovalito correcto— brinda calificaciones y, creo, sube el promedio nacional de certidumbres. Comparto algunas, las que más me calan en estos días. En el estadio Azteca caben 87 mil aficionados, y el número de desaparecidos, según cuentas oficiales, es de 134 mil. Es muy grande la diferencia. La cantidad de restos humanos sin identificar ronda a las 72 mil personas: no equivalen a un lleno en el coloso de Santa Úrsula, pero son muchísimas. El último triunfo de la selección que no es de México, sino de la Federación Mexicana de Futbol, organismo repleto de irregularidades de todo tipo, que provocó la concentración jubilosa de un millón 400 mil personas según la prensa: ¡México! ¡México! ¿Cuántos de ellos se reunirían para protestar por las ausencias y los trozos de vida no reconocidos? En muchas bardas de la ciudad, se puede leer: “La pelota vuelve a casa”. En no pocas, manos anónimas han añadido: “Y mi hija, ¿cuándo?”Se presume que habrá, mañana, al enfrentar a Inglaterra, más de 30 enormes pantallas para ver el partido. ¿Cuántas ventanas existen para hacernos cargo de la fragilidad del país en muchos aspectos, desde lo educativo, los servicios de salud y hasta la seguridad? El poder no las abre o les pone tapias: las madres y padres buscadores son advertidos como enemigos de la imagen nacional y se les maltrata, pero hay complacencia y armonía en la relación con la FIFA, organización mundial corrupta, dispensadora de premios de la paz a quien pone en riesgo al planeta; avara en los beneficios, generosa al repartir los costos. Impresentable negocio exento de impuestos en nuestros lares. ¿No hay algo que pensar sobre esto? Hay un país, el nuestro, solidario con las desgracias coyunturales, y en buena hora; pero casi indiferente —quizá sobre el casi— a las injusticias estructurales que nos aquejan: desigualdad, pobreza, indiferencia cotidiana con quien la pasa mal. ¿Qué significa esto?El mundo, México por supuesto, unido por un balón, celebra los triunfos —es buena la alegría, la catarsis ante tanta noticia gris tirando a negro de todos los días, y llevan razón quienes lo afirman, no lo niego—, pero desunido, deshilvanado por un sistema que ha entronizado el sálvese quien pueda como individuos, y rotos casi todos los modelos de representación colectiva independiente desde hace décadas, aunque se mantienen los corporativos, abyectos, que coinciden con todos los gobiernos, independientemente de sus propuestas, como el SNTE. ¿No hay remedio?El futbol que me gusta y fue el oficio de mi padre subsiste, creo, en el llano, en algunas cascaritas en las calles, en las muchachas que luego de salir del trabajo juegan una reta en equipos mixtos bajo un puente. Once millonarios contra otros once más o menos millonarios a su vez, ¿sigue siendo deporte, juego, maravilla?, o ¿ya se lo ha tragado el comercio voraz como a tantas cosas, y ni modo? No tengo respuestas. Incluso mis preguntas pueden ser consideradas nostálgicas de lo que nunca existió, propias de quien inventa el pasado. Más aún, impertinentes y fincadas en la tristeza de quien no le ve futuro al mundo ni yendo al VAR. ¿Qué hacer con ellas? A lo mejor no tienen cabida y se fincan en el sinsentido del desconsuelo. ¿Y si sí? Por si acaso sí, las echo a esta cancha de tierra compartida. Profesor del Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México mgil@colmex.mx / @ManuelGilAnton Canal en YouTube: El profe GilÚnete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.