Irene Paredes, besando la medalla de plata. Me representa. Es todo dignidad. Autocrítica, amor propio y orgullo. Como cuando asume que el gol encajado durante los 90 minutos pudo haberse evitado. Como cuando se emociona y es incapaz de controlar las lágrimas, preguntada por el valor que también tiene el metal que lleva colgado al cuello, aunque no sea de oro.

Alexia Putellas, seria, hierática, jodida, muda. Me representa. Una diva que analiza, que duda, que visualiza, como otras veces antes, también en la derrota. Para entender por donde hay que transitar para volver a ganar. Como hizo tras aquella primera final de Champions perdida con el Barça, que sirvió de acicate para trabajar más y mejor. Camino de unas cuantas finales más. Y la mayoría, entonces sí, las ganó. Ahora sabe que no le quedan tantas en el horizonte.

Aitana Bonmatí, la mejor jugadora del torneo, palmaditas en la espalda y felicitaciones, ante las que no sabe ni qué decir ni cómo dar la gracias. Pesadumbre máxima. Ella sigue en shock. En la marca de cal de los 11 metros. En su fallo. Y pide perdón. La dos veces Balón de Oro. La MVP de la Euro. Pide disculpas. Porque no se permite errar.

Me representa ella y me representan todas esas personas que han seguido este torneo con tanta ilusión como responsabilidad compartida. Con la alegría de comprobar partido a partido que no hay selección ahora mismo que juegue como España. Con su atrevimiento y sus ganas de ganar. Cero especulaciones con el resultado. Con alternativas en ataque. Con su toque, su pausa, y también su verticalidad. Con la brújula de Patri Guijarro, la potencia del chut de Claudia Pina y la osadía de Athenea del Castillo. Con esas suplentes a las que les sobra oficio, como a Adriana Nanclares, la portera titular de los primeros partidos en sustitución de Cata Coll, la del pie salvador. Con jóvenes como Vicky López, que nos recuerdan que el futuro también puede ser suyo si se sigue el camino iniciado hace unos pocos años por las campeonas del mundo.