Siempre me pregunto por qué coño me importa que un millonario santafesino o un millonario cordobés metan una bola de cuero en una red colgada de tres palos: cómo puede ser que tal minucia me provoque las emociones que me provoca

Madrid, 10 de junio de 2026

Granjuán, mi querido, estoy nervioso.

Sorprendido, confortado: hace casi cuatro años, cuando nos despedimos de Qatar, estaba convencido de que ya no volveríamos a encontrarnos en estas lides futboleras. Poco antes antes me habían diagnosticado una enfermedad de presente difícil y futuro muy breve, así que supuse que aquel sería mi último Mundial. No sabes la alegría que sentí hace tres o cuatro meses, cuando pareció claro que todavía podría cartearme contigo en este: fue uno de esos raros momentos en que crees que has conseguido ganarle unos meses, unos metros. Así que teclearé un poco, dictaré, joderé gente para ver los partidos a esas horas insanas, y supongo que seré capaz de hacerlo. Y, sobre todo, aunque tenga que leer tus galimatías y escribir los míos, creo que voy a disfrutarlo mucho. Ya lo estoy disfrutando.

Pero bueno, basta de tonterías. Esta tarde, en tu pueblo de 25 millones de cuerpos desbordados, en esa caldera donde las sonrisas son poco creíbles pero los corazones no, empieza este raro invento contemporáneo que nos convoca a tantos –dos, tres mil millones– a pensar en lo mismo durante seis semanas. Sólo las grandes religiones lo habían conseguido y ninguna a esta escala: el fútbol se puede jactar de ser lo más masivo que le ha sucedido al género humano. Es brutal, es extraño, es un poco patético –y es cierto.