Las fotografías de la oscuridad, de personas cocinando con leña y de montañas de basura en las calles de La Habana retratan la realidad desesperada de los cubanos hoy, en el cuarto mes de asedio energético de Donald Trump sobre la isla. En el mundo de Instagram, esas imágenes conviven con decenas de anuncios de pisos en venta, de preciosas casas para reformar, con patios y porches. ¿Los precios? Entre los 60.000 dólares para un piso de cinco habitaciones “a pasos de la universidad”, a los 170.000 en la segunda planta de una casona en uno de los mejores barrios. En el mismo lugar donde los huevos se venden a unidades porque comprar un cartón de 24 supone la mitad del salario mensual de un pensionista, la cadencia hipnótica de los atardeceres se mezcla con una voz de fondo en anuncios como este: “Hay un mercado inmobiliario que casi nadie está mirando (...). Propiedades inmensas a precios que no vas a encontrar en ningún otro lugar. Cuba está en un momento de crisis y eso para un inversor inteligente tiene un solo significado: OPORTUNIDAD. Mientras el mundo entero busca dónde invertir, La Habana sigue ahí, quieta, esperando a los que sí saben leer entre líneas”. En medio de la crisis de la vivienda que viven las grandes capitales del mundo, donde los vecinos son sustituidos por esos “inversores”, la capital cubana está también en el radar de la especulación, aunque muchos de sus edificios se caigan a trozos, aunque decenas de familias se hacinen en vivendas que amenazan ruina, aunque haya apagones y falte el agua corriente. Pero no hay nada que un antes y después con imágenes reales o una simulación de cómo quedaría reformado no puedan arreglar. En otro anuncio, se ven unas paredes desconchadas en una habitación oscura que enseguida se transforma en un salón luminoso, una cocina cochambrosa se convierte en otra en blanco y madera. “Muchos ven ruinas… nosotros vemos potencial”, dice el texto que acompaña el vídeo. Algunos de los que tienen que vender ahora necesitan el dinero para emigrar, como contaba un hombre hace diez días en La Habana, que puso a la venta su piso de cuatro habitaciones a 4.000 dólares para comprar un billete de avión. Se había cansado de esperar un cambio, ya no confiaba en esa posibilidad y necesitaba el dinero para salir cuanto antes. “Hoy te sientes pobre, pero eres el dueño del activo más deseado del Caribe (...). Esa choza frente al mar que hoy no tiene ni corriente es el futuro hotel boutique o la villa privada de un inversor extranjero”, dice un joven cubano en su perfil de Instagram desde Miami, en el que aconseja no vender. “Si sueltas ahora por necesidad, le estás regalando tu jubilación al que venga detrás de ti con dólares en la mano”. Por ahora, estos pisos solo están disponibles para cubanos residentes en la isla o para extranjeros con residencia permanente en Cuba, en una economía controlada en gran medida por el Estado. Este aparente dinamismo se da en un país que bordea el colapso, con un régimen que apela a la resistencia ante una ciudadanía al límite y con un Trump empeñado en “tomar Cuba”. Él, que con su afán imperial conserva su alma de promotor inmobiliario y ya ha elogiado “el buen tiempo” de la isla. En el idioma del dinero que se habla en estos anuncios, el mensaje parece ser que el crudo presente tiene un futuro de tres habitaciones con vistas al mar. Pasar de una imagen a otra es rápido en vídeo, y puede que funcione para los inversores. Para los cubanos, todavía no hay IA que dibuje lo que está por venir.
La Habana en el radar de la especulación inmobiliaria
Los anuncios de pisos y casas en venta proliferan en Instagram en medio del colapso de Cuba
















