“Oí un ruido muy fuerte y pensé que era un bombazo”. En realidad no eran más que fuegos artificiales en una celebración en un paladar —restaurante— en plena noche, pero Elena —nombre ficticio—, una vecina de La Habana Vieja, explica el miedo que sintió: “Salí a la terraza y desde mi casa, que está en un piso alto, pude ver que se trataba solo de fuegos artificiales, pero por un momento pensé que era un ataque de EEUU. Además, era sábado, como cuando atacó Venezuela”.
En efecto, el presidente de EEUU, Donald Trump, suele ordenar bombardeos en fin de semana para sortear el castigo de la Bolsa, y aquel día que lanzó un ataque sobre Venezuela, el pasado 3 de enero, era sábado. Los soldados estadounidenses mataron a un centenar de personas, entre ellos 32 soldados cubanos de la guardia personal del presidente Nicolás Maduro, que fue secuestrado para ser encerrado en una cárcel en Nueva York.
Elena recuerda aquella noche mientras charla junto al Coppelia, la mítica heladería de La Habana retratada en la película Fresa y Chocolate, que ahora no vive sus mejores días por las dificultades para mantener los helados a la temperatura apropiada.
Y es que los efectos de la asfixia energética de Trump sobre la isla se perciben en cada pequeño detalle de la vida de los cubanos en la isla: La Habana se ha convertido en una capital silenciosa, en la que las calles se han olvidado de los atascos en hora punta y apenas se ven coches por la tarde, porque escasea el combustible. Y los vehículos que se ven son coches, motos y triciclos eléctricos, que hacen su agosto como taxis. El tránsito de los autobuses también ha descendido, la movilidad de las personas se ha reducido considerablemente y La Habana se ha convertido en una capital en la que no existe ese trajín de personas habitual en las grandes ciudades del mundo.







