Las calles de La Habana se vacían de tráfico y turistas mientras la población exhausta, que sobrevive al día, espera un desenlace de la asfixia petrolera de Trump

En La Habana de la asfixia petrolera impuesta por Estados Unidos, amanece con el olor a humo de la quema de basuras que se acumulan en la calle. Apenas pasan coches por el hermoso y largo Malecón, pegado a un mar sin barcos, y se ve gente caminando en silencio. Cada día, la mayoría de los cubanos sale a la calle a inventar, como ellos llaman a buscar todos los métodos posibles para sobrevivir en las condiciones extremas que soportan desde hace años, y desde hace tres semanas, cuando el presidente estadounidense, Donald Trump, amenazó con aranceles a todo aquel que suministre combustible a Cuba, también a esperar.

Tomar un taxi en La Habana es una misión cada vez más difícil que se complica y encarece de un día para otro a medida que los conductores van agotando la gasolina que consiguen racionada. Quien dice un taxi dice un almendrón ―coches antiguos de transporte colectivo―, una gacela ―minibuses amarillos del Gobierno―, un cocotaxi ―un motocarro con caparazón―, un bicitaxi ―un señor que pedalea para dos turistas con sombrilla―, una moto, un triciclo eléctrico y hasta un coche de caballos. Subirse a cualquier cosa que sirva para llegar al trabajo, volver a casa, ir al médico o acudir a una cita implica caminar kilómetros o sumarse a los grupos de personas que esperan, por un tiempo indeterminado pero no menos de 15 minutos y hasta una hora o más, debajo de un árbol, al lado de un puente o en una esquina.