La decisión de castigar con aranceles el suministro de petróleo a la isla agrava la asfixia económica y social. El castrismo acusa a EE UU de provocar “un genocidio”
Las colas para comprar combustible en La Habana han sido más largas que de costumbre en las últimas semanas. No es que los cubanos tengan más dinero, haya una mayor oferta o hayan bajado los precios. La gasolina que hoy puede comprarse en las estaciones de servicio se vende sobre todo en dólares y, pese a ser más cara, se agota rápido. Filas de coches se amontonan en las gasolineras. Dianelys es una joven emprendedora, fruto de la ligera apertura al sector privado, que tiene un viejo coche de marca soviética. Bromea con la idea de que la situación provocada por la escasez de combustible la obligará, en cualquier momento, a vender el carro y comprarse una bicicleta. “La última vez que fui a comprar combustible (la semana pasada) tuve que hacer una cola de 12 horas”.
El estrangulamiento del petróleo a la isla se agravó a principios de año con el ataque militar de Estados Unidos a Venezuela, principal proveedor desde hace décadas. El presidente Donald Trump ha dado un nuevo giro de tuerca anunciando que castigará con aranceles a cualquiera que venda o suministre petróleo a la isla. La soga al cuello cada vez aprieta más a los cubanos, que viven sumidos en una profunda crisis estructural, donde casi el único objetivo posible es la supervivencia. Cada golpe de Trump se recibe con estupor mientras en Miami, el corazón del exilio cubano, aguardan entre el recelo y la cautela la posible caída del castrismo.









