Una de las cosas más valiosas de mi trabajo en elDiario.es es la realización profesional en una comunión con nuestras banderas editoriales. Hace poco más de un año que me mudé a Washington DC como primer corresponsal de nuestro medio en Estados Unidos. Y también he tenido la suerte de venir a La Habana, hace una semana, para contar de primera mano la situación cubana en un momento excepcional, de recrudecimiento del bloqueo y de asfixia energética por parte del presidente de EEUU, Donald Trump. Es, coinciden académicos, economistas, funcionarios y ciudadanos de a pie, el periodo más difícil que ha vivido Cuba desde el triunfo de la Revolución en 1959.

Uno de los asuntos fundamentales que nos planteamos en elDiario.es desde el primer día es intentar aportar una mirada propia a la información, libre de intereses económicos y de condicionantes ajenos a nuestros principios editoriales.

Y pocos temas exigen tanto ese esfuerzo como Cuba, un país que despierta pasiones, prejuicios y debates que a menudo impiden comprender su complejidad.

“En Cuba vivimos en estado de shock”, me decía alguien estos días. Cuba no es un país cualquiera. Cuba es un símbolo revolucionario de la emancipación contra el colonialismo y el imperialismo estadounidense. Eso es algo que es difícil de percibir en Europa, entre otras cosas porque los países europeos también han sido imperialistas y genocidas con sus colonias.