Sería un cruel sarcasmo histórico que tantos años después de la triunfal entrada en La Habana de Fidel Castro y sus barbudos, algún tipo de enviados de Donald Trump fueran vitoreados por una población famélica
Las noticias que llegan de Cuba son catastróficas y trágicas. Los adjetivos negativos se encadenan en los artículos y reportajes de prensa. Sin embargo, palidecen ante los que llegan de amigos y conocidos. Se escucha un grito de angustia unido a un deseo incontenible de huir, de abandonar un país que parece haber tocado fondo tras haber sido desde hace décadas...
una especie de planeta que ha orbitado de forma alternativa y parásita: primero de la Unión Soviética, después de la Venezuela bolivariana y desde hace un año lo intenta con los BRICs que lideran Rusia y China.
Debemos entender que los problemas de Cuba no han comenzado con Donald Trump y Marco Rubio; con ellos han empeorado y todavía pueden hacerlo más. En Cuba nadie debería esperar nada bueno de esta pareja de jerarcas de la Administración norteamericana. Sin embargo, hay evidencia de que no son pocos los que sueñan con que intervengan. Como sea.
Es necesario aceptar que la inviabilidad del sistema impuesto por el castrismo no comenzó siquiera con el derrumbe soviético y el consiguiente Período Especial en Tiempo de Paz que lo sucedió. Los datos de lo que fue aquel descalabro son elocuentes, pero en términos de revolución social el régimen castrista ya había fracasado con claridad mucho antes.






