Los pilares del castrismo como la sanidad, la educación, la lucha contra la pobreza y hasta la seguridad se resquebrajan ante los últimos golpes de Trump en una sociedad que ha perdido la esperanza. Solo parece mantenerse intacto el aparato represivo
A unas pocas calles de la plaza de la Revolución, en un antiguo poblado chabolista de La Habana pasa consulta la doctora Omitsa Valdés. Es un local polvoriento y destartalado, donde avisa a los pacientes que deben traer la jeringuilla y el medicamento de su casa. Pero si toca realizar un reconocimiento general, que incluya exámenes de orina y sangre, la doctora Valdés es aún más directa: “Si tienes cómo resolver por ahí, te hago la orden. Si no, estás embarcado, mi vida, porque en el policlínico que te toca no hay reactivos”, dice a una paciente mientras recicla viejos papeles usados para redactar las recetas.
Durante mucho tiempo, los servicios médicos cubanos fueron la envidia del mundo. Hasta la OMS y la ONU reconocían hasta hace poco que el programa Médicos de Familia, al que pertenece la doctora Valdés, era el paradigma de una atención primaria eficiente, universal y que llegaba a todos los rincones del país. Hoy apenas hay medicinas, cada vez quedan menos médicos, que salen huyendo de la isla, y los hospitales sufren apagones constantes que lo complican todo aún más. Las organizaciones internacionales de la salud han cambiado los halagos por las alertas sobre una crisis humanitaria que no para de crecer.








