El cerco energético impuesto por Estados Unidos a la isla encuentra escasa resistencia más allá de la retórica y la ayuda humanitaria

Cada vez que le preguntan por Cuba, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, contesta lo mismo: “Parece que está lista para caer”. Sin el petróleo venezolano “no va a poder sobrevivir”, presume. No es el primer inquilino de la Casa Blanca en vaticinar la caída inminente del Gobierno de los hermanos Castro y Miguel Díaz-Canel. Le preceden 66 años de presión, el final de la Guerra Fría, 12 presidentes estadounidenses y todo tipo de augurios sobre la imposibilidad de la supervivencia del régimen. Pero el castrismo, como el dinosaurio de Augusto Monterroso, sigue allí.

Trump, envalentonado por el éxito de la operación militar que capturó a Nicolás Maduro en Caracas el 3 de enero, considera que el corte al suministro de los más de 27.000 barriles diarios de petróleo que recibía del régimen chavista va a ser la puntilla para La Habana. Y ahora ha sumado la amenaza de sanciones para otros países que puedan enviar combustible a la isla, con México en la diana. Este es un golpe brutal para un país que ya padecía su peor crisis económica desde la revolución de 1959 y que se mueve entre cortes de electricidad, escasez de alimentos y medicinas y unas menguantes reservas de divisas.