El colapso de la isla estaba anunciado y, a pesar de ello, ninguna evidencia histórica convencerá de lo contrario a quienes piensan que es una víctima inerme de Estados Unidos
La rigurosa negociación del Gobierno de Delcy Rodríguez con Estados Unidos y la orden ejecutiva del 29 de enero de Donald Trump han producido un golpe de realidad en Cuba. El cerco energético, al que se han sumado México y Rusia, hace visibles, en toda su gravedad, ciertos ángulos de la siempre mistificada trama cubana, como la profunda dependencia e improductividad del modelo socialista y el (por lo visto) renovado interés de Washington en la isla.
Cuba circula en el mundo, ante todo, como un símbolo de resistencia a la hegemonía de Estados Unidos. Pero ese símbolo es sostenido por políticas concretas que, sean o no del agrado de quienes se identifican con el mito revolucionario en cualquier lugar del mundo, afectan de manera directa a la ciudadanía de la isla. El sitio petrolero y la parálisis del país, promovidos por Estados Unidos, no disminuyen, sino que potencian los efectos perniciosos de esas políticas.
La apuesta por el combustible subsidiado, la incapacidad de pagos, la caída del PIB, el presupuesto hiperconcentrado en el turismo o la dependencia de las remesas de la diáspora se convirtieron en elementos estructurales de la economía cubana, cuya crisis en 2025 se volvió irreversible. El cese del suministro petrolero venezolano estuvo antecedido por una disminución que auguraba el colapso y que previó la mayoría de los economistas, sociólogos y demógrafos de la isla y la diáspora.









