Eduard Carner empuja el bombo del horno, controla el fuego y calcula mentalmente cuánto tiempo puede apurar antes de arruinar la tanda. "Aquí puedes quemar 50 kilos de avellanas, 2.000 euros, en un segundo si te despistas", admite, con una mezcla de respeto y orgullo por un trabajo que casi nadie de su generación quiere hacer. A su alrededor, en la histórica Casa Gispert, en pleno centro de Barcelona, turistas y vecinos se detienen ante los sacos de frutos secos calientes sin imaginar que, detrás de ese aroma, hay un oficio al borde de quedarse sin relevo generacional.El negocio de Casa Gispert se sostiene hoy con la alianza entre Eduard, 32 años, y Óscar, un veterano con cuatro décadas de experiencia frente al fuego haciendo un trabajo físico, exigente y poco glamuroso. Un ejemplo más de la falta de relevo generacional en ciertos oficios manuales y tradicionales en España.Mientras los informes del SEPE y de otros organismos señalan que el empleo juvenil se concentra cada vez más en el sector servicios –cajeros, dependientes, camareros, monitores– y que los grandes grupos de ocupaciones agrícolas y elementales pierden contratos entre los menores de 30 años, oficios como el de tostador apenas encuentran manos jóvenes dispuestas a entrar en un horno. En Casa Gispert, el relevo generacional tiene nombres propios, pero también una fecha de caducidad si nadie más recoge el testigo.Fundada en 1851, Casa Gispert está considerada la tienda de alimentación más antigua de Barcelona y conserva un horno de leña de estilo antiguo, en activo desde el siglo XIX, que se reivindica como el más viejo de Europa dedicado a tostar frutos secos. Dos veces por semana, Eduard lo enciende con leña de encina para tostar avellanas, almendras o cacahuetes siguiendo una técnica que ha aprendido directamente de Óscar.Eduard: elegir el fuego cuando todos miran pantallas"Yo soy el típico chico al que le gusta hacer barbacoas", resume Eduard cuando le preguntan por qué aceptó este trabajo. Creció viendo a su padre cocinar a la brasa en un restaurante y, cuando entró a trabajar en el obrador de Viladecavalls, el horno le atrapó: el fuego, el cilindro girando, los olores que transforman el producto. Tenía otras opciones laborales, pero cuando le propusieron aprender a tostar para cubrir el puesto que quedaba vacante en Barcelona, dijo que sí.Su formación duró casi un año, sin escuela ni título oficial: venía a la tienda, observaba el color, olía el fruto, probaba muestras y aprendía a leer el fuego. "Esto no tiene un tiempo como un pastel", explica; cada tanda puede tardar de 50 minutos a hora y media según la leña, la humedad o el tipo de fruto seco. Su preceptor fue Óscar, al que define como "un gran maestro", y al que agradece que le enseñara un oficio que no se estudia en ningún sitio.Ser uno de los pocos jóvenes que se dedica a esto tiene consecuencias muy concretas: "No puedo faltar mucho", reconoce. Sabe que, si no viene él, casi nadie puede sustituirle en Barcelona, porque Óscar prefiere quedarse en el obrador y no hay más personal formado. Aun así, insiste en que no se siente esclavizado y se agarra a lo que sí le compensa: ver cómo la gente prueba las almendras o las avellanas y se queda "alucinada" con el sabor y la historia del horno.Óscar: cuatro décadas viendo vaciarse la canteraEl contrapunto lo aporta Óscar, tostador veterano de Viladecavalls, que lleva cuarenta años en este oficio y una docena de ellos vinculado a la casa. Llegó a Gispert tras el cierre de otra empresa y fue contratado porque necesitaban a alguien con experiencia en un trabajo al que se llega, en su caso, "espabilando": en la antigua empresa, o aprendía rápido o no sobrevivía al ritmo de producción.Cuando habla de relevo generacional, su diagnóstico es crudo: está convencido de que a la mayoría de jóvenes no les atraen estos trabajos duros y prefieren empleos ligados a la informática antes que "trabajar duro como en la obra". Para Óscar, la clave está en la motivación: "Si no te gusta el fuego, no te metas, porque vas a estar angustiado", advierte, insistiendo en que este oficio "tiene que ser pasional".Pese a todo, ve en Eduard una excepción que le permite tener algo de esperanza: un chico joven al que, como a él, le gusta el fuego y que ha aceptado dedicarle tiempo y quemaduras a un trabajo que otros descartarían de entrada. Hasta hace poco apenas había formado a nadie; ahora participa en la formación de un nuevo trabajador, consciente de que sin ese relevo la cadena se romperá. Cada aprendiz necesita alrededor de un año para alcanzar un nivel aceptable, porque el producto nunca llega igual y el horno exige una atención constante que no encaja con la cultura de la inmediatez.Un oficio que no admite atajos ni efectos especialesMás allá de la épica del fuego, el día a día de Eduard y Óscar muestra por qué cuesta encontrar relevo. Eduard enumera los riesgos: trabajar a unos 250 grados, con un margen de apenas cinco o diez minutos para que el fruto no quede crudo ni se queme, y con partidas de hasta 50 kilos de avellanas cuyo valor económico no deja lugar a la distracción. "Es un trabajo de bastante precisión", concluye.Óscar añade los factores invisibles: la humedad del ambiente, la diferencia entre una partida más seca o más húmeda, el tipo de leña y el calor acumulado en el horno. En Viladecavalls trabajan a casi 300 grados durante una hora y media o dos horas, evitando llamaradas al final para que no se queme todo y aprovechando la brasa como última fase para conseguir el punto justo. Es un trabajo que ensucia, que obliga a meterse literalmente dentro del horno para limpiarlo bien, que deja quemaduras frecuentes y que se vuelve especialmente duro en verano, cuando fuera ya hay 40 grados.Nada de eso se enseña en una FP específica. No hay centros donde uno pueda apuntarse a "tostador de frutos secos"; el aprendizaje es interno, cara a cara con el horno y el maestro. Eduard lo plantea casi como una provocación: le gustaría que existiera un lugar donde se enseñaran oficios antiguos, porque hoy la mayoría de itinerarios formativos empujan a los jóvenes hacia otros sectores.Falta relevo… en un mercado que sigue tirandoLa paradoja es que el oficio se queda sin manos jóvenes en un contexto en el que el mercado de frutos secos está en expansión y estos productos ganan peso como alimento saludable. Óscar recuerda cómo, en los años setenta y ochenta, la avellana y el pistacho se vendían muchísimo, y cómo ahora continúan siendo muy demandados, aunque con más competencia y más modas de por medio.Lo que ha cambiado, señalan, son los hábitos y la estructura del comercio. La pandemia cortó de golpe la clientela de barrio y a buena parte del público mayor que era gran consumidor de estos productos. Al mismo tiempo, el centro de Barcelona se llenó de supermercados, fruterías y tiendas abiertas todo el día, de forma que el "pastel" de ventas se reparte entre más actores. No es que Casa Gispert venda mucho menos, explican, sino que ahora compite con cadenas y pequeños comercios que ofrecen sus propias versiones de los frutos secos.Aun así, ambos detectan una base de clientes que sí valora el trabajo que hay detrás: gente que busca producto de proximidad, deportistas, personas preocupadas por la calidad y dispuestas a pagar algo más por unas almendras o unos pistachos tostados a leña. Ese nicho sostiene el negocio, pero no garantiza por sí solo que haya jóvenes dispuestos a ocupar puestos exigentes física y mentalmente.Qué se pierde si no hay relevoCuando se le pregunta qué se perdería si este oficio desaparece, Óscar no habla de empleo, sino de cultura: para él, se perdería una parte de la identidad de Catalunya, ligada históricamente a la fruta seca, presente en la mona, en los carquinyolis de Navidad, en los turrones y en decenas de elaboraciones tradicionales. No se trata solo de tostar almendras, sino de mantener un saber hacer que conecta campo, obrador y tienda: del productor local que lucha contra la sequía a la persona que, frente al horno, decide en qué segundo exacto sacar el fruto.Eduard lo ve desde otro ángulo: hacer algo que "no sabe hacer cualquiera" debería ser un aliciente para su generación. Pero constata que, hoy por hoy, el principal imán para muchos jóvenes son el móvil, las redes sociales y la promesa de trabajos menos físicos y más inmediatos. Frente a eso, su oficio requiere paciencia, tolerancia al calor y una relación con el tiempo que choca con la cultura del "todo ya".Aun así, en Casa Gispert intentan no resignarse. Óscar está formando a otro trabajador en el horno de Viladecavalls; Eduard, a su vez, enseña a un compañero en Barcelona para que el día que el veterano se jubile y él falte, no se pare el horno. Entre los dos sostienen, literalmente, a los últimos tostadores de la casa mientras buena parte del mercado laboral juvenil mira hacia otras profesiones.Si quieres contactar con 20minutos, realizar alguna denuncia o tienes alguna historia que quieres que contemos, escribe a actualidad@20minutos.es. También puedes suscribirte a las newsletters de 20minutos para recibir cada día las noticias más destacadas o la edición impresa.
Los últimos tostadores de Barcelona: "Este oficio te tiene que apasionar o no aguantas ni un verano"
Entre brasas, humo y tandas de 50 kilos, dos tostadores sostienen en Barcelona un oficio centenario sin escuelas ni relevo joven, amenazado por la dureza del trabajo y la cultura de la inmediatez.











