La dirección del PSOE cree que si pierde el poder no será por una concatenación de escándalos inaceptables, sino por una operación concertada. Es un relato que simplifica la realidad y evita afrontar el desgaste acumulado

La primera tentación de un partido que ha perdido el poder, o que ve cerca ese momento, es responsabilizar a un enemigo exterior, real o imaginario, e infravalorar los errores propios. La España contemporánea ofrece ejemplos elocuentes de esa pulsión. Tras las elecciones de 2004 en las que José Luis Rodríguez Zapatero derrotó a Mariano Rajoy, celebradas bajo la conmoción de los atentados del 11-M, el PP entró en un bucle que le llevó a cuestionar las pesquisas policiales y la investigación judicial. Todo obedecía, según una dirección desnortada, a una operación de intoxicación que habría manipulado a la opinión pública en esos días decisivos.

Poco importaba que el intento del Ejecutivo de José María Aznar de señalar a ETA como autora de la barbarie resultase falso. Se trataba de fabricar un artificio que condujese a millones de ciudadanos a creer que el fracaso electoral se debió a un complot y no a una gestión que osciló entre la torpeza y la mendacidad.

Aquella estrategia no solo erosionó la credibilidad del partido, sino que también lo mantuvo anclado en una narrativa defensiva que impedía cualquier revisión crítica y retrasaba cualquier intento serio de reconstrucción política.