En el mundo de Trump, Milei o Ayuso, cada día tiene su disparate. Pero, detrás del jolgorio del populismo ultraderechista se oculta siempre un meticuloso trabajo de los ideólogos que trazan las líneas maestras de la estrategia y del discurso. El goteo de informaciones sobre la presunta corrupción alrededor del PSOE ya ha provocado un efecto devastador en el ánimo de la militancia y la dirigencia. Un impacto incuestionable en el electorado progresista. Y algunos movimientos aparentemente imperceptibles que, en respuesta o no, a la instrucción aznariana del que pueda hacer, que haga, no se resisten a aportar su granito de arena a lo que Óscar Puente, ha llamado una conspiración para derribar al Gobierno “con métodos no democráticos”. Y, mientras en el PSOE, silencio.
En el festival de a ver quién la dice más gorda, siempre gana Ayuso. Porque para hablar de “corrupción de Estado” por las investigaciones que afectan a los socialistas el mismo día que se sienta en el banquillo de los acusados su compañero de filas y exministro Jorge Fernández Díaz por la operación Kitchen hay que tener muy poca vergüenza y ningún escrúpulo. Pero, si de repugnancia hablamos, qué mejor ejemplo que el del exsecretario de Estado de Seguridad Francisco Martínez que ha negado este jueves que existiera la trama ante el tribunal que juzga los hechos, después de haber llevado ante notario los whatsapps que demostraban lo contrario e implican directamente a Fernández Díaz.














