Muchos de quienes hoy claman contra un supuesto ‘lawfare’ se manifestaban hace 15 años contra el entonces presidente

El verdadero misterio político de Zapatero no está enterrado en los folios de una instrucción judicial. Lo que de allí salga, limpio o sucio, no aclarará el enigma de su figura, cuyo brillo tanto deslumbra a los ojos más destacados de la izquierda, así en el PSOE como en sus galerías aledañas. Sobre todo, en sus galerías aledañas, donde insisten mucho en su condición de referente ideológico, de faro histórico que guía entre la niebla a las generaciones presentes. La santidad progresista del expresidente se muestra evidente en sí misma incluso desde la derecha, que pasó de llamarle Bambi a pintarle cuernos, rabo y tridente diabólico. Con él empezó todo, gritan.

Me temo que el odio sulfuroso de la derecha más halitósica ayudó mucho a vertebrar el mito izquierdista de Zapatero. Nada legitima tanto a un político como el desprecio agresivo de los oponentes. Es un mandamiento estratégico muy viejo: el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Incluso aunque fuera mi enemigo antes. Cuando Juan Carlos Monedero —aún en activo— se retrató orgulloso con el expresidente socialista, selló un pacto de olvido equiparable a una lobotomía política. Se olvidó enseguida de que el 15-M del que nació Podemos se instituyó contra el Gobierno de Zapatero. Se olvidó todo lo funesto de su segunda legislatura: su sometimiento a los hombres de negro, con reforma constitucional incluida; los primeros rescates bancarios; su negacionismo financiero, con Elena Salgado y los brotes verdes, y sus recortes sociales, prólogo de los que aplicaría, en estricta continuidad, Mariano Rajoy.