No hace falta idealizar a Zapatero para entender por qué van hoy a por él.
Sabemos perfectamente lo que ha sido el régimen bipartidista del 78. Sabemos cómo funcionan las puertas giratorias, los consejos de administración, las consultoras, las redes de influencia y los lobbies construidos alrededor de quienes han ocupado el poder. No estamos descubriendo nada nuevo. Durante décadas, expresidentes, exministros y altos cargos del PSOE y del PP han vendido contactos, agenda, influencia y capacidad de intermediación entre grandes empresas y administraciones públicas. Ese ecosistema ha sido una pieza estructural del propio régimen.
Felipe González trabajó para grandes energéticas. Aznar actuó como intermediario internacional de corporaciones españolas. Rajoy convivió con una trama de corrupción sistémica y con aparatos policiales utilizados políticamente. Juan Carlos I acumuló comisiones, cuentas opacas y escándalos hasta acabar refugiado fuera del país. Y, sin embargo, el sistema protegió siempre a los suyos mediante una mezcla de impunidad, silencio y normalización.
Por eso la pregunta importante no es si Zapatero participó en dinámicas propias de las élites del régimen. La pregunta es otra: ¿por qué ahora sí se rompe la omertà? ¿Por qué precisamente Zapatero deja de ser tratado como uno de los intocables?









