La izquierda que más ha bebido del legado del expresidente vuelve a navegar sin rumbo claro

Quizás Pedro Sánchez solo haya sido un espejismo político. El de pensar que España podía evitar más casos de corrupción presunta alrededor de un Gobierno. El de creer que el PSOE había superado la crisis existencial que 2011 dejó en el partido. Del 15-M que se montó cuando gobernaba José Luis Rodríguez Zapatero, hasta la derrota en Andalucía del pasado domingo hay algo más que 15 años de diferencia: asistimos también al fin de un ciclo político en la izquierda española, que coincide además con la investigación al expresidente socialista.

Si Sánchez existe como lo entendemos hoy es porque antes existió Zapatero. Es decir, el miedo a la pasokización cuando Podemos irrumpió en el tablero político impugnando la ortodoxia de Bruselas, que no solo aplicó Mariano Rajoy, sino que el PSOE había inaugurado en 2010 mediante los primeros recortes y la posterior reforma del artículo 135 de la Constitución para priorizar el pago de la deuda. Y también existió la sentencia del Estatut: una crisis territorial que Rajoy exacerbó, pero que el PSOE no pudo suturar frente a las ansias de mayor autogobierno de Cataluña. En definitiva, Pedro Sánchez solo ha sido el heredero natural de aquel momento político. De ahí su pánico a tener que hacer ajustes, que ha suplido a costa de deuda pública, del favor europeo y de la subida de las cotizaciones sociales, entre otras medidas. De ahí también su entendimiento con el independentismo mediante los indultos y la amnistía, para evitar a toda costa una gran coalición con la derecha.