La Moncloa parece albergar una maldición. Desde que Adolfo Suárez decidió, en 1976, instalar allí el cuartel general de la primera presidencia del Gobierno democrático en 40 años, no hay jefe del Ejecutivo que no la haya abandonado entre calamidades y escarnios. El propio Suárez, forzado a dimitir con rumor de sables al fondo; Leopoldo Calvo-Sotelo, con una hecatombe electoral para los anales de la ciencia política; Felipe González, asediado por una ristra inigualable de escándalos; José María Aznar, con el oprobio de la mentira en los atentados del 11-M; José Luis Rodríguez Zapatero, vapuleado por una crisis económica que no vio venir y ante la que acabó traicionando su programa; Mariano Rajoy, desalojado por una moción de censura y una ignominiosa sentencia judicial por corrupción…La corrupción, una sombra adherida como compañera inseparable a la democracia española, ha tenido una influencia de primer orden en el infortunio de casi todos ellos. Ahora misma amenaza con dinamitar el mandato de Pedro Sánchez, convertido ya en el segundo residente con más años en La Moncloa tras González. Hasta el gran tótem de la Transición, Juan Carlos I, el jefe del Estado que contribuyó de modo decisivo a recuperar la democracia, ha acabado con la imagen hecha jirones por su pasión hacia el vil metal.Zapatero se había librado de esa mácula. El socialista podía presumir de ser el único presidente que, después de dos mandatos en el palacio de las afueras de la capital, no había tenido que afrontar ningún escándalo relevante. Ni entre los próximos, ni en su partido, ni ninguna otra cosa que le salpicase. Pero finalmente tampoco ha esquivado la mala sombra. Aunque hayan tenido que transcurrir 15 años desde que dejó el poder. El primer presidente desde la disolución de UCD que se había ido sin ni siquiera una mancha de sospecha será también el primer expresidente que declarará ante un juez como imputado por prácticas supuestamente turbias. Lo que nunca le sucedió a González por los GAL, a Aznar por la Gürtel o a Rajoy por la Kitchen.La carrera política de Zapatero ha transitado como un galopar de sorpresa en sorpresa. Nadie esperaba que, al frente de un grupo de diputados de segunda fila, pudiese ganar por solo nueve votos aquel congreso del PSOE en julio de 2000 donde despertó el fervor de la audiencia con una sencilla frase: “¡No estamos tan mal!”. Como casi nadie podía prever aquella reacción popular el 14 de marzo de 2004 contra el delirante empeño de Aznar de engañar a todo un país sobre la peor matanza desde la Guerra Civil, una ola entre indignada y entusiasta que llevó en volandas hasta el poder al discreto abogado leonés. La derecha nunca se lo perdonó. Algunos pusieron en marcha la infame teoría de la conspiración, una ponzoña cuyas secuelas todavía apestan hoy por algunas alcantarillas de la política española. Esos sectores en permanente estado de rabia lo caricaturizaban como un izquierdista radical. Un retrato poco acorde con una política económica que no pudo ser más ortodoxamente liberal, condensada en una de sus frases: “Bajar impuestos es de izquierdas”.Sus banderas progresistas las enarboló por otros derroteros, lo que con los años se acuñaría como políticas de la identidad. Levantó tantos entusiasmos como resentimientos con la legalización del matrimonio igualitario, la panoplia de medidas feministas o la recuperación de la memoria de los vencidos en la Guerra Civil. Sus recalcitrantes detractores ni siquiera le han reconocido nunca su mayor contribución a la democracia española: negociar la rendición de ETA. Al contrario, lo acusaron de ser él quien se rendía y de traicionar a los muertos. Por muy ruidoso que resultase aquel empeño en adornar a Zapatero de rasgos maquiavélicos, la imagen que prendió más fue la del apodo atribuido al eterno sarcasmo de Alfonso Guerra: Bambi. ZP, el político de modales suaves, casi dulces, que él mismo resumía en la palabra “talante”. Un político que en la oposición ofrecía sin parar pactos de Estado o que ya en el poder se atrevió a reconvenir en una Cumbre Iberoamericana a Hugo Chávez por ensañarse con la figura de alguien tan lejano a él como Aznar. Aunque ese rostro amable también ofrecía un envés a sus críticos: un presidente ingenuo y buenista, insuflado de “optimismo antropológico”, según sus propias palabras, lanzado a arreglar el mundo con una rimbombante Alianza de Civilizaciones de la mano de personajes tan poco recomendables como el turco Erdogan.Su final en La Moncloa fue una sucesión de penalidades. Había prometido que nunca haría pagar el precio de la crisis a los más vulnerables y acabó como un rehén de los pontífices de la austeridad que manejaban los hilos de Europa, impelido a recortes del gasto y a una reforma constitucional de tapadillo para aplacar a los mercados. Aun así, se adornó de un aura de honestidad cuando empeñó su palabra en que haría todo lo posible por salvar al país “cueste lo que cueste y me cueste lo que me cueste”.Sus primeros años como jarrón chino no dieron pie a la menor censura. No se le oyó una mala palabra contra un Rajoy que tanto lo había zaherido. En la pugna interna del PSOE se entregó, como la mayoría de los antiguos dirigentes, a la figura fracasada de Susana Díaz. Eso lo distanció de Sánchez. Hasta que este llegó al poder y la relación se fue recomponiendo poco a poco. Y conforme la vieja guardia, con González al frente, se iba alistando en la cruzada nacional antisanchista, Zapatero acabó como el gran referente histórico del PSOE actual. Para su dirección y para buena parte de la militancia. Lo más llamativo de su actividad pública como expresidente había sido implicarse en el avispero venezolano. Para sus partidarios, se trataba de otra muestra más del “talante”, de su afán por actuar como hombre bueno para rebajar tensiones en una disputa lejana, una suerte de Jimmy Carter a la española. Sus detractores, en cambio, encontraron ahí una nueva veta. Zapatero nunca criticó en público al chavismo. Según él, para preservar su papel de mediador. Según sus críticos, por complicidad con el régimen. La pasada campaña electoral destapó un nuevo Zapatero. Ya rebasados los 60, Bambi devino un orador punzante y de humor corrosivo. Refulgió como gran estrella y, según todos los indicios, un elemento decisivo para despertar al electorado socialista. Y se colocó de nuevo en la diana de la derecha. Sus oponentes fueron ensamblando otra estampa poco conocida, la del lobista que habría aprovechado su relación con el Gobierno para hacer negocios y cuya implicación en el drama venezolano estaría lejos de ser desinteresada. La veracidad de ese relato es lo que tiene que dirimir la Audiencia Nacional. Allí se imprimirá el 2 de junio la penúltima imagen de una democracia que tritura sin piedad a sus presidentes.
Perfil | Zapatero, de presidente sin mácula a expresidente bajo sospecha
Es el primer exjefe de Gobierno imputado tras haber salido del poder libre de escándalos como ningún otro










