Dada la gravedad del auto judicial, el asunto ha protagonizado las sobremesas españolas; según la tendencia ideológica de los comensales el hombre imputado ha sido condenado, exonerado o en esa tercera línea de los prudentes, los hay que han optado por esperar. La presunción de inocencia, como es de todos sabido, solo funciona cuando el imputado es de los tuyos. Los hay que, deseosos de que el hombre imputado sea condenado ponen una vela al Altísimo, los hay que, desolados, se la ponen a la Virgen. Cuando los comensales conocen al hombre imputado de primera mano se las apañan para convertir una anécdota, inventada o no, en evidencia de lo que estaba por venir: han unido la línea de puntos como hacía el comisario Maigret en la resolución del crimen. Están los que ya se lo figuraban y los que confían en que esto sea una pesadilla. Luego ocurre, indefectiblemente, que la sobremesa española se traslada a las tertulias mediáticas y a las columnas y, acostumbrados, tanto los que escribimos como los que leemos, a pensar que va en el sueldo esbozar una teoría, la que sea, una se coloca frente a la pantalla sintiendo esa obligación no escrita de arrimarse a un extremo o a otro, porque ya se sabe que quien se confiesa incapaz de elevar el pulgar hacia arriba o apuntarlo hacia abajo es tachado de equidistante, que es lo mismo que cobarde: de derechas para unos, de izquierdas para otros.Hay quien cree valiente al opinador que se atreve a considerar esta instrucción como un enjuague judicial y, por tanto, falsa de toda falsedad (¿por qué le investigan a él y no a los otros?); hay, en cambio, quien tilda de valiente juzgar al personaje en su totalidad, no solo en lo que se refiere a esta investigación. Son los que se apresuran a sacar del cajón de los rencores la retirada de tropas de Irak, el matrimonio gay, la supuesta traición a las mujeres a favor de las políticas de género, la reforma del 135 de la Constitución, el no reconocimiento de la crisis de 2008 que hizo brotar la indignación juvenil, los recortes posteriores, su particular política exterior con el régimen venezolano, y hasta su vuelta a los mítines como personaje renacido que volvía de las brumas reconvertido en el monologuista que traía de vuelta las risas que se habían quedado perdidas en el pasado, cuando Alfonso Guerra se transformaba en histrión para exaltar el ánimo de los ya convencidos. Lo más detestable es la oportunidad que ven algunos de hacer leña del árbol caído desde el momento mismo de la imputación. Los apresurados en la condena, la jauría impaciente con sed de revancha.Ahora comienza el vía crucis para el protagonista de tan penosa historia, pero también para nosotros que durante un tiempo que sospecho interminable veremos cómo, una vez más, los asuntos urgentes que afectan a la ciudadanía se aparcan. Que 120 directores y 260 directivos de centros públicos hayan dimitido en Valencia en apoyo a la huelga de profesores no forma parte de nuestra sobremesa porque los temas que colonizan nuestras conversaciones nos vienen dados siempre por unos medios que han decidido convertir en amarillismo y sesgo todo lo que tocan. De la mañana a la noche vivimos, desde que la política sustituyó al cotilleo rosa en sus mismos términos éticos y estéticos, en una agitación constante que nos convierte en meros espectadores de un circo que nos empuja a juzgar con precipitación. Es lógico que quienes escribimos nos sintamos parte de ese engranaje endiablado basado en reaccionar de inmediato sobre todo aquello de lo que aún no tenemos elementos de juicio, pero debería imponerse en algún momento una rebeldía ética que nos hiciera prestar atención a lo que más afecta a la vida de los comunes. No dudo que este asunto provoque la impaciencia de la derecha y el desconsuelo de la izquierda. Pero, si nos fijamos, ¿no es lo mismo de siempre? Nuestro pecado nacional, la corrupción.