Absténganse los haters de esta lectura porque, en realidad, cualquier otra les provocaría la misma infame, difamatoria y odiadora reacción. Todos los que dudan, introducen matices, sospechan o no tienen certezas incontestables son, en el mejor de los casos, vendidos, pesebreros o lamebotas. En el peor -y siempre lo más pésimo recae sobre las mujeres que opinan-, son “prostitutas”, “zorras”, “chupapollas”... Argumentos no tienen, pero la amenaza, la descalificación, la injuria y la violencia verbal, la manejan con una impunidad pasmosa.

En el resto de los mortales, existe el derecho a la duda. Siempre es mejor el recelo y el matiz que estar seguro de todo, pese a que vivimos en una España en la que el titubeo pareciera un delito y la gradación, una señal de sumisión. En este marco se mueve hoy la política. Y el periodismo. En el de la tarascada y la verdad absoluta. Y si esta última llega en forma de informe policial o auto de procesamiento, el indicio es dogma de fe y una sentencia no recurrible.