Hay una confusión de partida que ha generado siempre muchos desconciertos. La especie humana es la única que puede ser “moral”, es verdad, pero no es una especie moral: es una especie sociable. Confundir ambas cosas induce a sorpresas y decepciones terribles. ¿Cómo es posible que nuestro vecino, tan simpático, tan generoso, tan cortés, se revele de pronto un asesino en serie con diez cadáveres enterrados en el jardín? O a más pequeña y frecuente escala: ¿cómo puede ocurrir que nuestro compañero de trabajo, chistosísimo y cariñosísimo, siempre dispuesto a hacernos un favor, nos delate a la policía del dictador o se niegue a escondernos en su casa cuando somos perseguidos por el nazismo?

Los humanos somos sociables pero no morales y como nuestra sociabilidad requiere amabilidad damos por sentado este paso. Pero no, no hay ninguna relación entre prestar un huevo a un vecino y oponerse a una dictadura. En abstracto, el mundo es sombrío; en concreto, alegre y tranquilizador. El 99% de la gente es maja, sin duda, pero no lo es por moralidad sino por sociabilidad. Qué extraño, ¿no? ¿Cómo no va a ser bueno alguien que nos cae bien? ¿Cómo no va a ser bueno alguien que nos hace reír tanto? Y nosotros mismos, ¿cómo no vamos a ser buenos si pagamos las cervezas, damos conversación a la viuda del sexto y lloramos sinceramente ante la dolorosa confesión de nuestra amiga Marta?