Hemos comentado mucho el esperpento en la redacción del juez Peinado, ríos de tinta han corrido a propósito de su ofensa hasta a la policía, así reconocida por sindicatos poco sospechosos de sanchismo o afinidades ni siquiera socialdemócratas, como Jupol. Menos se ha hablado sobre otro aspecto igual de reseñable, en el que no dejo de pensar desde que así lo valorara ese mismo juez Peinado: el juicio ante jurado popular. Para un veredicto de culpabilidad, son necesarios siete votos de nueve; para la inculpabilidad, cinco. Ya son menos que en 12 hombres sin piedad, donde se necesitaba el consenso unánime; perspectiva poco halagüeña, en todo caso, porque en España el 90% de los juicios con jurado popular acaban en una condena al acusado.
12 hombres sin piedad, celebérrima película de 1957, no es sólo una película sobre el funcionamiento de los jurados populares o los procesos de deliberación. Casi todos los hombres que se encierran dentro de una sala hasta lograr una conclusión compartida se lanzan con presteza a condenar al acusado de ese caso, pese a que saben perfectamente que, si lo condenan —por homicidio—, su destino será la silla eléctrica y la muerte. Al principio lo hacen, de todos modos, casi para sacarse de encima el trámite y volver pronto a sus casas: afortunadamente se mueven las piezas, identificaciones y prejuicios de cada uno de ellos. La escena más emblemática de la película emerge cuando uno de los integrantes del jurado se queda solo mientras el resto le dan la espalda: no contempla una sentencia que no sea la condena, pues la gente de esa calaña sería naturalmente violenta y mentirosa; o sea, era un puertorriqueño matando a un blanco, y por su propia condición de puertorriqueño, a ojos de ese miembro del jurado, ya debería ser expulsado de la sociedad. Hasta él recapacita al final de esa película sobradamente humanista, pero recapacita después de haberlo condenado en un principio, esa vez y tantas otras.












