¡Chupito!, cada vez que oigas a un político o periodista invocar la “presunción de inocencia” al hablar de un imputado. Si te lo bebes cada vez que la aplican a imputados de su misma cuerda política, acabas en coma etílico. Si, en cambio, levantas el chupito solo cuando le dediquen la expresión a un rival, abstemio total.
Hace mucho que la presunción de inocencia desapareció entre nosotros, limitada a ser comodín de concurso televisivo cuando nos quedamos sin argumentos para defender a alguien pillado con las manos en la masa. “¡Respetemos la presunción de inocencia!”, gritamos con la misma convicción con que el acusado se acoge a la quinta enmienda en el cine de Hollywood. La presunción de inocencia referida a políticos desapareció más o menos por las mismas fechas en que los periódicos dejaron de usar en los titulares fórmulas aclaratorias como “según la investigación”, “según el juez”, “según la policía”, “presuntamente” o verbos conjugados en condicional. No pensemos mal: las eliminaron porque ocupaban mucho, no cabían en un titular de periódico, hay que economizar. Seguro que es por eso.








