El periodismo ha contribuido a que no haya mucha diferencia entre ser culpable y ser presuntamente culpable

Algunos de ustedes se acordarán de que, muy a finales de los años ochenta, Juan Guerra fue acusado de corrupción. Esto terminó provocando la dimisión de su hermano Alfonso Guerra, por entonces vicepresidente del Gobierno. Fue quizás el primer gran escándalo de corrupción de la por entonces adolescente democracia española.

Pero tal vez no se acordarán de que Juan Guerra fue declarado no culpable hasta en siete ocasiones de los cargos relacionados con corrupción. ¿Cómo acordarse, si nos escandalizan las acusaciones de todo tipo contra políticos, pero no sus absoluciones? Tampoco se acordarán, a pesar de que es algo muchísimo más reciente, de que Francisco Camps, antiguo presidente de la Generalitat valenciana, ha salido absuelto de todas las acusaciones por corrupción que fueron difundidas por buena parte de la prensa e hicieron las delicias de los muy numerosos yonquis del escándalo.

Pero la llaga donde quiero hurgar no es tanto la de que al final se demostrara la inocencia de Guerra y Camps. Me interesa indagar más bien en las fuentes que alimentan esta adicción nacional al escándalo, fuentes entre las que figura, de manera preeminente, una confusión alrededor de la presunción de inocencia.