Hace mucho que la presunción de inocencia desapareció entre nosotros, limitada a ser comodín de concurso televisivo cuando nos quedamos sin argumentos para defender a alguien pillado con las manos en la masa. “¡Respetemos la presunción de inocencia!”, gritamos con la misma convicción con que en el cine de Hollywood el acusado se acoge a la quinta enmienda