Las vueltas que da la vida. Hace ya un cuarto de siglo, en plena canícula madrileña, un muchacho de León ganó por la mínima el congreso del PSOE. Se llamaba José Luis Rodríguez Zapatero y tenía 39 años. Dolidos y desubicados, los diplodocus de la vieja guardia se preguntaban cómo era posible que un tipo de tan escaso bagaje alcanzara tan altas cumbres. ¿No habría sido mejor confiar en un candidato bregado como José Bono, barón rampante y guardián de las esencias felipistas? ¿No era preferible Rosa Díez, que venía de codearse con Fidel Castro durante su experiencia como consejera del Gobierno Vasco?PublicidadA ojos de la política tradicional, Zapatero era un pardillo y un blandengue, un candidato bisoño incapaz de competir con la chulería faltona de José María Aznar. Alfonso Guerra lo bautizó como "Bambi" y los periodistas le cogieron el gusto al mote. Los humoristas gráficos lo retrataban con ojitos de gacela. Las noticias del guiñol lo vestían de Peter Pan o lo llamaban "Sosomán" por su insistencia en defender una oposición civilizada en busca del "cambio tranquilo". Incluso después, cuando ese cambio llegó a buen puerto, sus enemigos seguían tachándolo de buenista, a quién se le ocurre reemplazar la guerra contra el islam por la patochada de la Alianza de Civilizaciones.De pronto, la prensa conservadora ha mudado de estrategia. Zapatero ya no es un cuitado con horchata en las venas sino un peligroso forajido trasatlántico a la altura del mismísimo Al Capone, El Chapo Guzmán, Pablo Escobar, soy el fuego que arde tu piel. 2Zapatero lideró una trama criminal", dice la portada condenatoria de ABC. "Cazado el comisionista internacional Zapatero", reza la primera plana de El Mundo. "El padrino de una organización criminal", añade Miguel Tellado. Vaya por Dios. Después de tantos años dando la murga, resulta que el pardillo de esta historia no era Zapatero sino sus detractores.Hoy los periódicos repiten que Zapatero es el primer expresidente imputado de la democracia española. La afirmación es inexacta. En 2022, la Batllía de Andorra imputó a Mariano Rajoy por delitos presuntos de coacciones y falsedad documental en el marco de la Operación Catalunya. El caso se encasquilló porque la Audiencia de Madrid desautorizó la comisión rogatoria. En cualquier caso, deberíamos preguntarnos por qué la Justicia española no ha abierto diligencias hasta ahora contra ningún presidente español a pesar de las señales clamorosas. Hubiera bastado seguir la sombra alargada de los GAL, la guerra de Iraq y la trama Gürtel.Rememorar la Gürtel se antoja más pertinente que nunca. El 5 de marzo de 2015, la Audiencia Nacional ordenó abrir juicio oral respecto a las cuarenta personas imputadas por la pieza "Época I". Entre los agraciados no solo aparecía la exministra Ana Mato sino también el propio Partido Popular como partícipe a título lucrativo. Los ingenieros de Génova, buscando la forma de amortiguar el destrozo reputacional, decidieron promover una reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal. En apenas una semana, el PP presentó una propuesta para que los imputados dejaran de llamarse "imputados". A partir de aquel momento, habrían de llamarse "investigados".PublicidadEl texto fijado en el BOE promueve una exquisita defensa de la presunción de inocencia. El preámbulo señala que la expresión "imputado" carece de "rigor conceptual" y no hace sino añadir "connotaciones negativas y estigmatizadoras" a una persona sobre la que recaen "meras sospechas". Esta nueva doctrina escuchaba las sugerencias de la Comisión para la Claridad del Lenguaje Jurídico y llevaba estampada la firma de Felipe VI. Algún periodista de mal café se preguntó si aquello no era un recurso desesperado a las puertas de las elecciones municipales y autonómicas. De hecho, el PP no tuvo inconveniente en presentar a dos candidatos imputados.Todos los remilgos de aquellos tiempos han sucumbido a la furia castigadora. Zapatero es culpable hasta que se demuestre lo contrario. Es más, el auto del juez José Luis Calama es motivo suficiente para que Pedro Sánchez deponga la presidencia y purifique la Moncloa dejándola en manos del PP y de Vox. Ahí llega Feijóo liderando el cambio intranquilo, surcando el Manzanares en el yate de Marcial Dorado con su tripulación de condenados, que ya no se llamarán "condenados" sino "perjudicados", Rodrigo Rato como ministro de Economía, Eduardo Zaplana como ministro de Trabajo, Jaume Matas como ministro de Medio Ambiente. Prioridad nacional.En un mundo ideal, las indagaciones de Calama sobre Zapatero deberían dirimirse lejos del ruido partidista. Citando el adagio del viejo PP, por ahora no tenemos más que "meras sospechas". Pero no conviene engañarse. Aquí la cosa no va de justicia sino de revancha. La pieza de caza mayor ya no es el cervatillo Zapatero, sino el perro Sanxe, el felón, el ilegítimo, el okupa, capo de una banda de saqueadores, me gusta la fruta, que te vote Txapote. Total, aquí nadie hace política mirando a la hemeroteca y nuestra memoria histórica no dura mucho más de cinco minutos.