De un tiempo a esta parte, las elecciones en Espa�a no deciden si gobiernan las izquierdas o las derechas. M�s bien deciden si el PP gobernar� con Vox o sin Vox. Las andaluzas ofrecen el ejemplo m�s reciente, y nos hacen volver sobre el debate, aparentemente inagotable, de la relaci�n que deber�a establecerse entre estos dos partidos. Como si no hubieran probado una amplia gama de relaciones posibles a lo largo de los �ltimos ocho a�os, y como si las fortunas de ambos no hubiesen sobrevivido a este largo proceso de prueba y error. El escenario andaluz es buen lugar para recordarlo: Juanma Moreno ha sido al mismo tiempo el primer dirigente del PP que alcanz� un gobierno auton�mico gracias al apoyo de Vox, y uno de los primeros en demostrar que los de Feij�o pod�an gobernar sin los de Abascal. Ahora regresar� a un punto intermedio: con mucha m�s fuerza de la que ten�a en 2018 –cuando tambi�n gobern� con Ciudadanos–, pero sin la plena independencia que ha tenido durante los �ltimos cuatro a�os. Nada de esto, en cualquier caso, ser� nuevo. Otros dirigentes del PP ya han pasado por circunstancias similares. Los de Vox, tambi�n.Lejos de haber encontrado ning�n dirigente –ni de G�nova ni de Bamb�– la clave definitiva que entierre este debate de una vez por todas, parecemos m�s bien abocados a un patr�n fluctuante pero repetitivo, y en el que pesan mucho la contingencia y los cambiantes perfiles de estas dos formaciones. Lo que no cambia, sin embargo, es una correlaci�n de fuerzas que va pareciendo cada vez m�s excepcional en el contexto europeo. Si hasta los tories brit�nicos se est�n viendo superados por el nacionalpopulismo de Farage, si hasta el partido de Disraeli, Churchill y Thatcher es incapaz de mantenerse como la principal formaci�n de la derecha en su pa�s, resulta poco menos que asombroso que los populares sigan manteniendo una distancia tan clara frente a Vox. Esto es quiz� lo m�s interesante que est� ocurriendo en la pol�tica espa�ola, y sin embargo sigue sin recibir la atenci�n que merece.Sirva todo esto para rebajar el dramatismo con el que podr�a abordarse la p�rdida de la mayor�a absoluta por parte de Moreno, y el hecho de que este deba entregarse ahora a lo que �l mismo denomin� como �el l�o�: alcanzar acuerdos con Vox. Quiz� las reflexiones m�s productivas en este contexto no tengan que ver con la relaci�n gen�rica que debe existir entre las derechas, sino con qu� aspectos de sus respectivos programas pueden aceptar, y c�mo se presenta ese proceso de negociaci�n. El principio de la �prioridad nacional� en la concesi�n de ayudas es un buen ejemplo, en parte por haberse planteado tan cerca de la campa�a andaluza. Frente a muchas lecturas iniciales, que ve�an la �prioridad nacional� como una exigencia radical y exc�ntrica que el Vox m�s ultramontano hab�a conseguido endosar al PP, las encuestas han ido mostrando la notable popularidad de este concepto –no, seguramente, a pesar de su vaguedad, sino m�s bien gracias a ella–. El problema de los populares, entonces, no habr�a sido aceptar una pol�tica que gozaba de amplia aceptaci�n entre el electorado –y, sobre todo, entre el suyo propio–, sino hacerlo de tal manera que quedaba claro que era una cesi�n a Vox. Esto es, dar a entender que los de Feij�o solo asum�an este principio cuando necesitaban los votos de los de Abascal. Una asombrosa inversi�n de lo que significa el voto �til, y una sobre cuyos efectos G�nova deber�a reflexionar.Se�alado todo esto, no podemos alejarnos del hecho que encabezaba esta tribuna: la izquierda nunca tuvo opciones de alcanzar la victoria ni en Extremadura, ni en Arag�n, ni en Castilla y Le�n, ni ahora en Andaluc�a. Los buenos resultados de algunas formaciones minoritarias no dejan de ser an�cdotas en el panorama general; uno que sigue completamente dominado por las fortunas del PSOE. En general, la pugna entre liberal-conservadores y nacionalpopulistas se dirime ante la extraordinaria aton�a de un socialismo que van dejando de aparecer como opci�n seria de gobierno. Con las andaluzas llevamos cuatro elecciones consecutivas en las que la pregunta que m�s se planteaba al hablar de sus perspectivas no era si lograr�a ganar, sino si obtendr�a el peor resultado de su historia. Es tentador enfatizar aqu� la magnitud del descalabro recordando la significaci�n especial de Andaluc�a, pero el caso es que ni siquiera resulta necesario. Incluso si esa comunidad aut�noma no hubiera tenido gobiernos socialistas durante m�s de tres d�cadas, incluso si no hubiera formado parte del ADN electoral del partido durante toda la etapa democr�tica, seguir�a siendo asombroso que haya un lugar tan importante de Espa�a en el que los socialistas hayan dejado de ser competitivos.La candidatura de Mar�a Jes�s Montero ten�a tantos factores en contra que casi cuesta recordarlos todos. Su figura resultaba inseparable de un presidente y un Gobierno crecientemente impopulares. El juicio del caso mascarillas, celebrado durante la precampa�a, ayud� a fijar en la mente del electorado los numerosos esc�ndalos que salpican al Ejecutivo –y al partido– de la candidata socialista. Su desempe�o como ministra de Hacienda la vinculaba a los aspectos m�s impopulares de la pol�tica fiscal del sanchismo. Las cesiones del Gobierno a los separatistas catalanes y vascos hac�an que Montero debiese responder por unos agravios comparativos –financiaci�n singular, etc.– que duelen especialmente en una comunidad como la andaluza. Su contrincante llegaba a las elecciones en aparente buena forma. Durante la campa�a, la muerte de dos guardias civiles mientras persegu�an una narcolancha no solo expuso en toda su crudeza la dram�tica dimensi�n que ha adquirido el crimen organizado en nuestro pa�s, ante la aparente impotencia del Ejecutivo; la dirigente socialista tambi�n debi� responder por la inexplicable ausencia del ministro del Interior del funeral.LO PEOR, en cualquier caso, es que esto no fue todo. Porque Montero se revel� como una p�sima candidata en s� misma. Si durante uno de los debates ya cometi� la incre�ble torpeza de referirse a la muerte de los guardias civiles como un �accidente laboral�, su intento de aclaraci�n posterior result� a�n peor: en dos entrevistas diferentes pareci� afirmar que ella no ten�a �ni opini�n ni criterio� sobre aquella tragedia. Incluso la lectura m�s caritativa del episodio –la que lo reducir�a a la dificultad de una candidata y de sus asesores para encontrar las palabras correctas, o para medir la extraordinaria sensibilidad de aquel asunto– expone hasta qu� punto Montero habr�a sido una mala cabeza de lista en cualquier circunstancia. Como ya ocurri� con Miguel �ngel Gallardo y Pilar Alegr�a, la ex vicepresidenta mostr� que sus perspectivas pol�ticas no estaban lastradas �nicamente por su cercan�a al presidente y por el mal momento del sanchismo. M�s bien van ya varias elecciones en las que el PSOE presenta un candidato torpe y sin carisma, incapaz de articular algo parecido a una idea o un mensaje propios, y cuyas dotes comunicativas no parec�an dar para algo m�s que la repetici�n de unos mensajes predecibles y de cart�n-piedra. Uno piensa que si S�nchez estuviera en un mal momento, pero sus candidatos auton�micos fuesen habilidosos y cre�bles, el PSOE no habr�a encajado este rosario de batacazos; sobre todo si tenemos en cuenta que en ning�n caso tuvieron enfrente un candidato extraordinario. S�nchez explica muchos de los problemas actuales de los socialistas, pero no todos.David Jim�nez Torres es profesor de Historia Contempor�nea en la Universidad Complutense de Madrid
El PP, al l�o; el PSOE, a la UCI
De un tiempo a esta parte, las elecciones en Espa�a no deciden si gobiernan las izquierdas o las derechas. M�s bien deciden si el PP gobernar� con Vox o sin Vox. Las andaluzas...















