El serbio aprecia haberse quedado “a dos sets” del gran récord histórico y asocia su descenso en el segundo y el tercero a una pérdida de “energía” por “razones físicas”

Novak Djokovic se acostumbró rápido a ir a contracorriente, porque en realidad nunca lo ha tenido fácil. Ahí queda su niñez, los vestigios de la Guerra de los Balcanes y luego, ya como tenista, estrella rápido, fue pintado como el malo de la película. El serbio, una suerte de Joker, ha tenido que lidiar con el estigma durante gran parte de su carrera, pero ahora, conforme pasan los años y va acortándose su mecha, incluso los detractores no escurren el reconocimiento. Imposible no hacerlo. Más allá de los trofeos y la retahíla de récords, se expresa un mito que todavía hoy compite de forma romántica y reconoce a los de su estirpe.

“Carlos es un jugador extraordinario y merece todos los elogios. Es un joven con valores, con una familia maravillosa y ya es una leyenda de nuestro deporte, dejando una huella enorme en la historia. Con solo 22 años, ya es impresionante. Lo tiene todo y, además, es una gran persona. Con siete Grand Slams y todos los títulos que ya ganó, seguirá avanzando”, exponía el de Belgrado, rendido ante un tenista “inteligente y versátil” que sabe “siempre adaptar sus tácticas según las sensaciones del rival”. Así es y así se las gasta Alcaraz. Lo definía Juan Carlos Ferrero hace no tanto, en Nueva York, septiembre: “Camaleónico”.