El serbio se desmarca de la asociación que creó en 2020 para salvaguardar los derechos de los tenistas, por discrepancias y “haber abusado” de su nombre
A eso de las cuatro y media de la tarde, Novak Djokovic rebobina mentalmente hacia el pasado y recuerda a ese Nole primigenio que metió la cabeza en la élite para ponerlo todo patas arriba: la fiesta doble pasó a ser de tres. Habla el serbio, ya 38 años, como si hubiera sido ayer: “En 2005 me clasifiqué por primera vez para un Grand Slam y fue precisamente aquí, en Australia. Jugué mi primer partido nocturno contra Marat Safin [6-0, 6-2 y 6-1 para el ruso], que luego ganó el título. Ha sido un camino largo, pero muy exitoso”, afirma el de Belgrado, rebelado ante una realidad inevitable: el tiempo consume a todos y las opciones de lograr su 25º grande, lógicamente, han disminuido. El año pasado era una incógnita; ahora, erosionado y renqueante, lo es más.
Su físico mengua, al mismo tiempo que la sombra de Carlos Alcaraz y Jannik Sinner continúa agrandándose. Sin embargo, él no pierde la fe. “La verdad es que me falta un poco de energía en las piernas para competir con estos chicos en las últimas rondas de un Grand Slam”, admite. “Pero sigo dando lo mejor de mí. La temporada pasada les desafié en varios torneos importantes y ahora sigo intentando estar ahí”, prosigue. “Se habla mucho del 25, pero yo trato de centrarme más en lo que ya he conseguido que en lo que podría conseguir. Estoy agradecido de tener otra oportunidad, especialmente aquí, donde he ganado 10 títulos. Cuando estoy sano y todo encaja, siento que puedo ganarle a cualquiera. Y si no creyera eso, no estaría aquí”, amplía Djokovic.






