Apenas ha transcurrido un cuarto de hora del duelo frente a Zachary Svajda y Novak Djokovic ya transmite que no termina de sentirse del todo cómodo. Libro abierto el serbio. Le ha tocado madrugón, primer turno del día, y ha roto enseguida a sudar. Hace algún que otro aspaviento, ajusta la musculatura que envuelve el hombro y no tardará en escupir un par de gritos. Durante la mayor parte de las 2h 32m que se extiende el episodio (6-7(5), 6-3, 6-3 y 6-1) deambula con la cabeza gacha y el gesto serio porque pese a que sea plenamente consciente de su realidad, la de competir a menor velocidad y con menos combustible en el tanque, los 38 años van pesándole más y más.

Le gusta demasiado el tenis. El competir. Y, reflexiona el subconsciente, esto va acabándose para él. Nole compite hoy día entre resignación y emite un mensaje contradictorio. Quiere más, pero admite que la vida ha reajustado su orden de prioridades. “La familia es lo primero. Si me va bien aquí no estaré en el cumpleaños de mi hija, así que espero no perdérmelo otra vez”, expresaba a su aterrizaje en el torneo, insinuando otra vez que va llegando al final del recorrido, casi 20 años en la élite ya, lo cual choca con su verdadera naturaleza: ese instinto salvaje por seguir, por ganar. Seguirá peleando, pero cada día que pasa está más lejos. Sin embargo, sigue siendo Djokovic.