La luz diurna y el contexto, con el calor y la abundante humedad que caen a las tres de la tarde sobre Nueva York. El efecto de la temperatura disparará además la pelota, de por sí ya sumamente agresiva porque pocos brazos despiden la bola a mayor velocidad que el de él, Carlos Alcaraz. Ahí está, por supuesto, el factor de la edad, los dieciséis años de diferencia (38-22) entre uno y otro, dos generaciones, un cuerpo de ida (en plenitud) y otro de vuelta (en decadencia). Tampoco ayuda la inversión para llegar hasta esta semifinal (21.00, Movistar+), puesto que el veterano, el mito, ha invertido tres horas y media más (12h 59m) que el fenómeno que sigue expandiéndose (9h 33m); o sea, como si el primero hubiera disputado un partido extra. Sin embargo, es Novak Djokovic…

“Y Novak es Novak, el mejor de la historia. Contra él, nunca me atrevería a decir que nadie pueda ser el favorito”, deslizaba dos días antes el preparador Juan Carlos Ferrero, optimista en el preámbulo de un duelo en el que casi todos los ángulos parecen favorecer a su jugador, incandescente, pero consciente a la vez de la mastodóntica magnitud y la inmortalidad de un competidor al que se le van apagando las fuerzas. El Djokovic de hoy compite con la lengua fuera, angustiado cuando el punto se alarga y el reloj avanza; sin embargo, nadie olvida que históricamente se ha reservado siempre un penúltimo as en la manga y todo lo que ha hecho hasta aquí. Que no es poco.