El cemento de la pista de entrenamiento multiplica la sensación de calor y el cordaje de Carlos Alcaraz despide pelotazos sin parar. A un costado, la novia de su hermano Álvaro le observa durante la sesión y aprueba en tono de broma: “Lo haces bien, sigue así…”. A lo que el tenista, serio y a la vez juguetón, responde en la misma línea cuando se aproxima: “Sí, parece que tengo futuro…”. Instantes después interviene Juan Carlos Ferrero, que insta a su jugador a contemporizar menos en la devolución y a echarse encima de la pelota en el golpeo. “Entrenaremos un poquito el resto a ese segundo saque que [Djokovic] se juega muchísimas veces, sobre todo en la parte del deuce [el lado derecho del sacador] y a la T [la intersección de los dos cuadros] en el abierto, en la ventaja”, analizaba poco antes el técnico.
Sentado sobre una silla metálica de una terraza anexa a la Arthur Ashe, Juan Carlos Ferrero departe con los periodistas sobre lo que se avecina, que es mucho y complicado. Ni más ni menos que Novak Djokovic y toda el aura que rodea al mito, el tenista masculino más laureado de todos los tiempos. El serbio estará enfrente en las semifinales de este viernes y, pese a sus 38 años y los apuros que tuvo para sortear al estadounidense Taylor Fritz en los cuartos de final, obliga siempre a un extra de intensidad, perfección y concentración. Contra él, los partidos empiezan a jugarse en el instante en el que se conoce el cruce. Hay 48 horas de por medio, lo cual significa demasiado margen para darle vueltas a la cabeza.






