Ya están midiéndose Novak Djokovic y Jannik Sinner cuando, a eso de las siete y media de la tarde, después de haber vencido a Lorenzo Musetti, Carlos Alcaraz aparece con una sudadera lila y toma asiento en la sala de conferencias, de donde saldrá previo brinco. Disparado. “Nada más terminar aquí, me voy a poner a verlo [la otra semifinal] en la tele, en el teléfono. Voy a hacer cualquier cosa para verlo. No solo porque voy a jugar contra uno de ellos, sino porque soy un fanático del tenis y es un partido digno de ver. Cada vez que se enfrentan, el nivel es muy alto”, indica el finalista, quien con cinco presencias ya, se desmarca de Manolo Santana en cuanto a grandes finales.

Muy lejos quedan las 30 de Rafael Nadal, a cuya placa —estrenada este año, en homenaje al mallorquín— le ha tirado algunas fotos durante el calentamiento en la central. “No había tenido la oportunidad, así que era el momento perfecto para acercarme, verla y tener un recuerdo. Como Rafa es una inspiración, quería tener ese recuerdo”, cuenta. Se le ve muy sereno, en la misma línea de concentración de estos días; solo se le escapa el acento murciano cuando no encuentra el adjetivo. ¿Cómo definiría su trazado hasta el último episodio? “No lo sé… Ponlo tú”, contesta bromeando al reportero. ¿Y qué se juega el domingo? “Muy simple: me juego un partido de tenis. Eso es lo que me juego”.