No parece excesivamente preocupado Carlos Alcaraz, en su burbuja siempre, tan permeable y tan entregado, y a la vez tan duro de cabeza. “Es murcianico”, dicen aquellos que le conocen, a los que no les sorprende en absoluto hasta donde ha llegado el tenista porque, intuían, tenía que ser así. “Es muy bueno”. Después del entrenamiento firma autógrafos en la pista 2 del complejo de Roland Garros como si fuera una jornada rutinaria más, ni rastro de tensión el día previo a la gran final de este domingo (15.00, Eurosport y DMAX). No se advierte nerviosismo alguno, sino por encima de todo satisfacción: está donde, cuando y como quería. Ahora bien, trabajo inacabado. Por delante, asoma Jannik Sinner.

Es decir, la final esperada y, seguramente, deseada por una gran parte del planeta tenis, testigo otra vez de un encuentro que ha empezado a convertirse en costumbre y que, de no cambiar mucho el panorama, muchísimo, se repetirá más y más veces. Ellos dos, dos marcianos, dos fenómenos, y en otra esfera muy distinta el resto. Sin excepción. Tan solo Novak Djokovic, al que se le va agotando ya la mecha, ha sido capaz de litigar con ellos en estos últimos tiempos resueltos a golpe de jerarquía y nuevo orden, partido en dos: se repartieron el curso pasado los cuatro grandes y no admiten discusión tampoco esta temporada. Migas para el resto, pero en términos de sustancia, de la verdadera chicha, debaten solos los dos.