Acostumbra a decir Carlos Alcaraz, risueño ante los focos, que en ocasiones las cosas más básicas de la vida son las que a uno le hacen rebosar de felicidad. Ganar en la élite del tenis, de básico tiene poco. Más bien todo lo contrario. Pero el sentimiento de venganza, de revancha si se prefiere un término más deportivo, es algo que, tan natural como primigenio, mueve el fuego interno de cualquier competidor. Debió ser eso precisamente, esa oportunidad de sanar el orgullo herido, lo que desbordó de energía el tanque del tenista murciano antes de que este lunes, día atípico para una final, saltara a la Lindner Family Tennis Center de Cincinnati con un solo objetivo en mente: hacer que el colosal Jannik Sinner pagara sus excesos.
Pronto quedó claro que la tarea, inalcanzable para el común de los mortales, lucía más que posible para el joven de El Palmar, único individuo capaz de erosionar el apabullante tenis del italiano de un tiempo a esta parte. Los motivos, eso sí, parecían distintos a los que cabía esperar. Sinner entrecerraba los ojos bajo el sol, todavía en lo más alto, y distinguía ante sí, a lo lejos, una figura inquebrantable, rápida. Era Carlos, su némesis, que le birló el servicio a las primeras de cambio con un juego en blanco.






