Se le ha criticado en redes sociales por la energía, para muchos excesiva, con la que celebró este viernes el triunfo ante Andrey Rublev en los cuartos de final de Cincinnati, pero Carlos Alcaraz, risueño, siempre feliz, es incapaz de adentrarse en controversias ficticias. “Es que disfruto mucho estos momentos”, resumió tras sellar el billete a las semifinales, las séptimas que alcanza en sus últimos siete torneos, un pleno insuficiente, al parecer, para quienes le critican por su aparente falta de consistencia en la élite.
Campeón esta temporada de Roland Garros, Montecarlo, Roma, Róterdam y Queen’s, Alcaraz aguardaba a la ansiada batalla con Zverev en el gimnasio, protegido de una tormenta, la enésima de la semana, que retrasaba el arranque de la semifinal. Ahí, otros se tensan, escuchan música, liman su concentración al detalle o, presos de los nervios, calientan hasta revolucionar el motor en exceso. Alcaraz agarra un pequeño balón medicinal, de esos que pesan lo suyo, lo eleva, apunta y, como en una bolera de Las Vegas, busca el strike ante un puñado de botellas de agua colocadas por su equipo en pirámide invertida.
Ya fuera, con algo de tregua en el cielo, la novedad llegó en las gradas del Lindner Family Tennis Center, donde un incidente de salud detuvo el partido durante algo más de once minutos con Alcaraz y Zverev apoyados en silencio sobre la red. Deambuló el murciano hasta su banquillo y ahí, Samu López, el jefe, volvió a arrancarle una sonrisa. Comprende a la perfección el alicantino, líder del equipo esta semana en ausencia de Juan Carlos Ferrero, que el discípulo solo saca su mejor versión cuando la diversión le rasga la mirada.










