Puede pasar el tiempo. Pueden pesar los años. Y pueden encontrarse tantas veces como los empareje la fortuna, sorteos, cuadros y torneos, sea cuando sea o sea donde sea, que hay algo de imposible para uno y de garantía para el otro: si Taylor Fritz está delante de él, Novak Djokovic se relame. Nada cambia esta última vez, en la que el serbio exhibe clase en Nueva York (6-3, 7-5, 3-6 y 6-4, tras 3h 24m) y aumenta la brecha entre uno y otro, pues son ya once los duelos y otras tantas victorias para él, el competidor de nunca acabar. El infinito. Tiene 38 años, todavía le pica el orgullo —besitos para los espectadores que intentaban descolocarle— y ahora, añade otra semifinal a la cartilla.

Son ya 14 en Nueva York, luego comparte el récord con Jimmy Connors, y son ya siete las temporadas en las que ha logrado desembarcar en la penúltima ronda de los cuatro grandes. Hito inalcanzable para el resto. Así transcurre la vida de Djokovic, resignado porque día a día va atrapándole la sombra de la edad, que no por ello rendido. Frente a lo incontrolable, él sigue y sigue remando, a ver si en una de esas vuelve una última iluminación divina y, por qué no, piensa, consigue atrapar el dorado 25. De nuevo, no será sencillo. El viernes estará al otro lado de la red un Alcaraz bien engrasado, con ritmo y, sobre todo, deseoso de darle la vuelta a la historia.