Vuelven los niños al cole, los jueces a su juzgado y los nazis a Alemania. Como cantaba Serrat, el pobre a su pobreza, el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas, pero en versión apocalipsis. Se acabó la fiesta, solo que este verano no ha habido muchos motivos de fiesta ni la vuelta es a la normalidad, si es que eso ha existido alguna vez. Dicen que las madres ceutís han comprado espráis de gas pimienta a sus hijos, aunque está prohibido que los menores los utilicen, porque el miedo, lejos de ser libre, se puede alentar y crece y se contagia con mucha facilidad. Fuera de Ceuta, cualquiera empatiza con esas madres que arman a sus hijos con algo distinto al material escolar pero también siente el escalofrío de pensar qué podría pasar si esos niños utilizasen el espray y contra quién, y si alguien va a tener que revisar las mochilas de los críos y requisar sustancias peligrosas como en esas aulas estadounidenses que nos parecen distópicas. El Ministerio de Educación, encargado de las competencias en la materia en la ciudad autónoma, ha puesto vigilancia privada dentro y fuera de los colegios y en las rutas escolares, lo que proporciona seguridad a cambio de instaurar la nueva normalidad, que decíamos en pandemia, para este septiembre tóxico que huele un poco a los años 30 del siglo pasado.
Vuelta al cole en el nuevo desorden mundial
El error del Gobierno, y así lo reflejan las encuestas, es que lleguemos con este ambiente de miedo y odio a septiembre, aunque su margen de maniobra no fuera tan amplio como algunos piensan y la oposición calcule (electoral e irresponsablemente) cómo obstaculizar cada paso del Ejecutivo















