Las �ltimas semanas certifican la incapacidad del Gobierno actual para seguir dirigiendo Espa�a.Este inicio de curso pol�tico ha tra�do algo distinto. No huele a nuevo, a libros y libretas por estrenar, como en los colegios; no se aprecia ilusi�n por encarar los meses que deben llevarnos a las urnas. Todo huele a rancio en la arena del debate p�blico: es el hedor que expelen la corrupci�n y los tejemanejes del sanchismo. Aquello de "el oto�o del descontento" se queda muy corto ya para la sensaci�n general que permea por todo el pa�s y que es palpable cada vez que se re�ne una multitud con la raz�n que sea, incluso festiva, y se acaban coreando proclamas contra Pedro S�nchez; no ya como un acto de rechazo pol�tico, sino como la expresi�n del hast�o generalizado ante una degeneraci�n social e institucional que no parece tener fin y que ha alcanzado cotas inimaginables hace a�os. Y lo peor es que a�n queda el �ltimo acto de la legislatura, la traca final de un gobierno m�s empe�ado en polarizar que por gestionar los problemas reales de los espa�oles. Lo que viene es el oto�o de la descomposici�n del sanchismo, del muro de la verg�enza erigido por todo un presidente del Gobierno en su discurso de investidura en sede parlamentaria contra la mitad del Congreso de los Diputados para dotar de sustrato a su obsesi�n enfermiza por aferrarse al poder a cualquier precio. Claro que la gravedad de lo aflorado en los �ltimos meses desde las cloacas de Ferraz y de Moncloa gracias a las investigaciones judiciales que los esbirros de S�nchez trataban de torpedear y que nutren los diversos sumarios judiciales que implican a su entorno personal y pol�tico explica por qu� teme perder el Gobierno. Cualquier otro dirigente que se considerase realmente democr�tico hace ya tiempo que se hubiera apartado del poder por decencia, pero S�nchez sigue atrincherado detr�s de su muro, construido a base de fango, en la confianza de que podr� volver a azuzar el miedo a la llegada de la ultraderecha en su beneficio personal. Hasta el punto de deslizar la falacia de que no hay alternativa posible a su gobierno 'progresista', dizque Frankenstein II. Una declaraci�n terriblemente inquietante a pocos meses de la convocatoria ineludible de las generales, y m�s viviendo de quien tiene entre sus responsabilidades institucionales la de garantizar, e incluso promover si fuera necesario, la alternancia en el gobierno que forma parte de los cimientos de todo r�gimen democr�tico. Sin embargo, el parapeto frentista del sanchismo erigido a base de bulos y de tensionar la vida institucional lleva meses resquebraj�ndose porque sus compinches, que no aliados, han detectado que la cercan�a con S�nchez es t�xica y puede terminar arrastr�ndoles cuando se produzca su ca�da, que ven pr�xima. Salvo Yolanda D�az, que ha priorizado su inter�s por conseguir un puesto muy bien remunerado en un organismo internacional antes que haber sido consecuente con las ideas que dec�a defender o pensar en quienes le suceder�n en Sumar. Por eso S�nchez ha pedido a sus diputados y senadores que "se vac�en" en defensa del proyecto sanchista, que no socialista, porque sabe que ya es el �nico argumento que les queda para su defensa es recurrir al sentimiento de la tribu herida en su orgullo y a la consigna indigna del "no pasar�n". Pero, de nuevo, ha venido la realidad a demostrar su incapacidad para dirigir Espa�a, ya sea la defensa de la frontera con Marruecos en Ceuta, ya sea la crisis de asequibilidad de la vivienda causada con su intervencionismo, ya sea un sistema educativo degenerado -el informe PISA certifica un alarmante deterioro de la capacidad de aprendizaje de los alumnos- por el desprestigio del m�rito y el esfuerzo que trajo la ir�nicamente llamada Ley de Calidad de la Educaci�n.
S�nchez y el oto�o de la descomposici�n
Este inicio de curso pol�tico ha tra�do algo distinto. No huele a nuevo, a libros y libretas por estrenar, como en los colegios; no se aprecia ilusi�n por encarar los meses que...







