Si cada estación cambiamos de ropa, nada como la rentrée para refrescar también el arsenal retórico. En este tiempo hemos visto cómo algunos de nuestros tópicos conocían una abrupta toma de realidad: recordemos que España —se decía— tenía “el sistema financiero más sólido del mundo” y “la mejor sanidad del mundo”. Otras proclamas, como el “España nos roba”, se han ido marchitando. Y llevamos sin oír hablar de “la Tercera España” desde que apagó la luz el último afiliado de Ciudadanos en Corcubión. Es, por tanto, posible podar de clichés la conversación pública. Con humildad pero con convencimiento, aprovechando los días todavía ociosos del verano, aquí van unas pocas propuestas para la nueva temporada.La complejidad de España. En cualquier debate, entrecerrar los ojos y soltar la palabra “complejidad” es el patrón oro de los comodines. No solo le evita a uno tener que explicar esa complejidad —lo que sería, sin duda, muy complejo—, sino que nos eleva varias pulgadas sobre la ramplonería circundante, incapaz de apreciar los infinitos matices de dificultad que nosotros sí podemos percibir y que sin duda arreglaríamos si, además de la sensibilidad, tuviésemos el tiempo. El sobreúso de “complejidad”, ciertamente, le está haciendo perder efecto, pues vale ya para cualquier cosa: para los ensayos de alta política y para decir que “la tortilla está bien de sabor, pero tiene un aspecto algo complejo”. Cuando un político habla de complejidad —“la situación del fuego es muy compleja”— lo que debemos entender es que confiesa su impotencia. Y cuando alguien habla de la complejidad de España, debemos entender directamente que nos está estafando. No ya porque compleja es la India o complejo lo tiene Ucrania, sino porque los políticos recurren a la complejidad como justificación moral de la inacción. En general, la izquierda apela a la España compleja para no molestar a los nacionalismos, y la derecha se parapeta tras la complejidad para no meterse en líos: ya alguien dijo que ¡It’s very difficult todo esto!Madrid le queda grande. Suárez siempre fue “un chico de Ávila”. Aznar hizo olvidar a todo el mundo que en realidad no era de Valladolid. González no solo no era madrileño, sino que trajo consigo el llamado “desembarco andaluz”. Y aunque quizá Zapatero termine asociado con Zambia, era tan de León que se hizo con el poder provincial tras el Pacto de la mantecada en Astorga. Rajoy, gallego, subrayó siempre su voluntad de no mezclarse en cociditos madrileños. En definitiva, para alzarse con el poder en Madrid rara vez ha hecho falta ser de Madrid: Sánchez es de Tetuán, pero se llevaba tan a matar con el PSOE regional que tardó seis meses en darle pasaporte a Tomás Gómez. Y Calvo Sotelo, madrileño, fue el presidente que menos duró. Por contraste, madrileños con mando en plaza como Aguirre, Gallardón y hasta el madrileño-palentino Casado ya solo verán La Moncloa por televisión. En fin, baste para replantearse la validez del “le viene grande Madrid” como crítica, ahora aplicada a Feijóo y antes aplicada a muchos otros. Con una ironía: los mismos que hablan de que a X o a Y “le viene grande Madrid” están todo el día quejándose de la miopía y la insensibilidad de la M-30.‘Lawfare’. Con este hay que tener cuidado, porque la experiencia enseña que las batallas entre jueces y gobernantes —Nixon, Craxi, Berlusconi, Sarkozy, Trump— acaban con los gobernantes en el descrédito o en algún lugar peor. Por lo demás, debemos señalar una cierta incompatibilidad entre las denuncias de lawfare y un lugar común de quienes las jalean: la necesidad de que las togas bajen al barro o, como se dijo de manera algo hinchada, “no eludan el contacto con el polvo del camino”.El PSOE bueno (o el PSOE verdadero). Como al mencionar los centauros o el catalanismo integrador, puede parecer un animal mitológico. En este caso, habitaría en los prados de la nostalgia de la derecha: aquel PSOE, a medio camino entre Redondo, Corcuera y Bono —luego se ha unido Guerra— que de cuando en cuando iba a misa y al que le gustaba mucho el Rey. Pero no es mitología: claro que existió. Y el centroderecha parece haber olvidado que les hizo la vida imposible.Los gallegos. Cuando en Madrid se habla de “los gallegos”, se habla del equipo de Feijóo. Aluden así a un fenómeno casi paranormal: tras dos décadas en la Xunta de Galicia, Feijóo, sorprendiendo a todo el mundo, decidió no rodearse de belgas.El que pueda hacer que haga. Mayo de 2013. Gloria Lomana entrevista a Aznar. El Gobierno de Rajoy está en uno de sus trances más agónicos, y el todavía presidente de honor del Partido Popular Aznar considera que es el momento ideal para meterle un poco el dedo en el ojo. No olvidemos que aún existía el prime time. Lomana pregunta y repregunta: “Si se dan circunstancias extremas, ¿usted se plantearía volver a la política?” Aznar responde: “Eso es exactamente lo que acabo de decirle”. Aquella noche en La Moncloa se temieron aires de Fronda. A la mañana siguiente, no había pasado nada. Y no iba a pasar. Resulta muy tentador pensar que, cuando no está de nigromancias en FAES, Aznar se dedica a dictar al PP cómo tiene que actuar. Entiendo que es sugestivo, pero —simplemente— no es así. Ha pasado mucho tiempo desde su tiempo. Hay quien no olvida —pienso en esa entrevista— algunas palabras, algunas actitudes. Todos le respetan, muchos le quieren, algunos le escuchan y —la dura verdad— nadie le hace caso. Pensar que Aznar puede activar resortes tras decir “el que pueda hacer, que haga” revela un conocimiento meramente desiderativo del PP, que, por otra parte está, como todos los partidos, en el presentismo del que manda. Quizá con un ejemplo se entienda mejor: ¿cuánto manda hoy el extodopoderoso Felipe en el PSOE? A quien quiera criticar al PP no le faltarán motivos, pero la literatura gótica sobre Aznar y su influencia es solo un bulo.La derecha y la ultraderecha. Nadie va a negarle a la izquierda de la izquierda la primacía de la España contemporánea en materia de cainismo. Cada tienda de campaña del 15-M estaba destinada a convertirse en una balsa de la Medusa en la que todos luchan contra todos. Y cada Vistalegre, cada Magariños y cada foto de unidad están destinados a convertirse, a los pocos años, en una carnicería. Pero, por mucho que el reclamo sea apetecible para los suyos, “la derecha y la ultraderecha” —el PP y Vox— no son lo mismo y no quieren construir lo mismo. Cualquier entendimiento que tengan es una especie de UTE a la espera de un nuevo asalto para erradicar al otro. Su convivencia será difícil, aunque ahora —en la vela de las elecciones generales— Vox esté en tregua táctica. Eso sí, quizá a las derechas les cueste aprender a destrozarse con el ahínco con que entre sí lo han hecho las izquierdas.La burguesía catalana. No hemos renovado el vocabulario desde los tiempos del Banco de Bilbao y los intereses de la industria corchotaponera: en España solo parece existir una oligarquía, la vasca, y una burguesía, la catalana. Ya por esto debiera activarse la sospecha. Podemos hablar del papel del empresariado gallego, andaluz, valenciano —¡y hasta de la aristocracia madrileña!—, o de un separatismo que tuvo más que ver con tenderos que con altoburgueses, pero es igual. Es la última generación —vasca o catalana—que está gastando en ayahuasca y terapeutas argentinos lo último que queda del capital acumulado.
Contra “la complejidad de España” y otros tópicos
Nada como el inicio del nuevo curso político para refrescar también el arsenal retórico






