Bajad las armasLas pantallas gigantes -por eso las temen los nacionalistas hispan�fobos- han funcionado como un dispositivo c�vico y pol�tico, m�s que tecnol�gicoGETTY / AFPActualizado Lunes,
julio
22:39Audio generado con IADicen que esta sensaci�n durar� poco. La unidad, el desenfadado patriotismo, la alegr�a que se filtra por las grietas del muro que levantan diariamente para dividirnos. Espa�a como un pu�o apretado que se agita espont�neamente en Bilbao y en Sevilla, en Sabadell y en Toledo, en Tenerife y en Orense. Las pantallas gigantes -por eso las temen los nacionalistas hispan�fobos- han funcionado como un dispositivo c�vico y pol�tico, m�s que tecnol�gico: toda la est�ril especulaci�n de Espa�a como problema, el famoso concepto discutido y discutible de naci�n queda resuelto cuando el pueblo se re�ne a gozar y sufrir sin intermediarios con los jugadores que la representan. Pero es verdad que esas pantallas ahora ser�n desmontadas. Y dados los antecedentes es leg�timo preguntarse si tantas hermosas im�genes de felicidad compartida son flores del d�a del triunfo que han de secarse ma�ana. �Cambi� algo la primera estrella, bordada en 2010? �Cambiar� algo la segunda, 16 a�os despu�s? Yo no s� cu�nto tardar� en cerrarse esta brecha espaciotemporal que solo abre el f�tbol y que permite a espa�oles tan distintos, tan diametralmente opuestos (o eso nos dicen), caminar juntos estos d�as un palmo por encima del asfalto candente de todas las aceras, levitando de orgullo gracias a la victoria de los chicos ejemplares de Luis de la Fuente. Hay algo esperanzador -ahora que no abundan las noticias esperanzadoras- en el hecho de que el gol de Ferr�n se gritara con la misma euforia en la casa de F�lix Bola�os y en la de Santiago Abascal; en la de �scar Puente y en la de Isabel D�az Ayuso; en la de los primos de Gabriel Rufi�n y hasta en la del mismo Rufi�n. A esos segundos irreprimibles de comuni�n espiritual, a falta de una definici�n m�s acad�mica, bien podemos llamarlo espa�olidad. El p�lpito vivo de la identidad nacional. Pero yo no lamento tanto la fugacidad de ese j�bilo transversal como la persistencia de la desolaci�n nacionalista. �Cu�ntas tristes cobayas humanas, salidas de fallidos experimentos identitarios, animaban a Argentina en la final a pesar de sus ocho apellidos vascos o catalanes, es decir, espa�oles? Pobres almas condenadas a otros cien a�os de soledad por seguir desoyendo la advertencia de Pla: -El catal�n es un ser que se ha pasado toda la vida siendo un espa�ol cien por cien, y le han dicho que tiene que ser otra cosa.












