Si algo malo tenían los infinitos veranos de nuestra infancia era lo pronto que acababan. En junio te despedías de tus compañeros de clase como si no fueras a volver a verlos en la vida, porque el fin de las vacaciones apenas se atisbaba al final de un horizonte plagado de grandes planes, juegos, excursiones y aventuras, y en un abrir y cerrar de ojos ya estabas de nuevo en clase, devanándote los sesos (me encanta esta expresión) mientras te enfrentabas a una redacción sobre lo que habías hecho en los meses estivales. En mi caso, viviendo como lo hacía en San Sebastián, con la playa a la vuelta de la esquina, el auténtico veraneo consistía en pasar 15 días en el pueblo de mi padre, Santo Domingo de la Calzada, en La Rioja, un sitio bonito que ardía por las tardes mucho antes de que nadie hablara del calentamiento global. Por lo general, de los planes importantes se encargaban mis progenitores o la tía Jose, nuestra anfitriona, que regentaba justo debajo de su casa una tienda de lencería que se convertía en nuestro refugio climático en esas horas de la sobremesa en las que los mayores dormían la siesta y los pequeños nos aburríamos como ostras. Lo único que quedaba a nuestro libre albedrío era decidir qué veíamos en la tele esas noches en las que los mayores se iban al casino (allí no había ni ruletas ni mesas de juego, pero era el bar donde los lugareños echaban la partida) y el férreo control sobre la hora de acostarse y los programas con uno o dos rombos se relajaba. En realidad, la planificación empezaba mucho antes de llegar al pueblo. En aquella España de los setenta con solo dos canales (en mi casa, en blanco y negro) podíamos estudiar de antemano los avances de la programación e ilusionarnos con series y películas, casi siempre de terror, que luego ni siquiera llegábamos a ver porque en la calle se estaba muy bien cuando refrescaba. La verdad es que solo recuerdo las risas que hacíamos viendo El show de Mary Tyler Moore.Y al regresar a principios de agosto a San Sebastián, esa tele que tantas ilusiones había despertado en nosotros no tardaba en darnos el susto. De repente y sin avisar, unos chavales felicísimos y muy bien vestidos nos asaltaban en medio de los anuncios para amenazarnos con la vuelta al cole. ¡Y qué alegría les daba a los jodíos, se lo estaban pasando en grande! No hacía falta ni consultar el calendario para saber que para eso aún faltaba más de un mes, pero era imposible que no se te hiciera un nudo en el estómago y se te quebrara el alma. Algo en el ambiente se iba rompiendo cada vez que esos niños poseídos por no sé qué espíritu maligno de El Corte Inglés irrumpían en el salón de casa. Mi madre empezaba a acecharnos con preguntas como si ya teníamos la lista de los nuevos libros de texto y si ya los habíamos forrado, como exigía el protocolo precurso, o para recordarnos que íbamos a tener que ir de compras porque los zapatos Gorila de suela de goma del año anterior habían quedado destrozados después de tanta lluvia y tanta patada al balón. ¡Y a la peluquería, que el primer día había que dar buena impresión!Desde ese momento las vacaciones empezaban a írsenos de las manos. El calendario iba a toda leche, como si los niños felices de El Corte Inglés arrancaran eufóricos sus páginas mientras nos anunciaban cruelmente que la vuelta al cole ya estaba ahí y que nada podíamos hacer para impedirlo. Si para un chaval como yo ya era bastante incomprensible que a alguien le apeteciera volver a clase, aún se me hacía más extraño que aquellas criaturas se dirigieran a mí desde el televisor. Joder, si ni siquiera había un Corte Inglés en San Sebastián, que fueran a contárselo a otro.
Aquel anuncio que ningún niño quería ver
Desde tiempos inmemoriales, El Corte Inglés se ha encargado de recordar a los chavales que la vuelta al cole era algo inevitable













