“Ordenar el trastero. Arreglar la cisterna. Limpiar a fondo la cocina. Expurgar libros. Colgar cortinas. Organizar fotos viejas…”. A principios de julio, cuando el verano asomaba por delante largo y despejado como la pradera rasa del piel roja de Kafka, pusimos en la nevera una lista de “cosas para hacer en verano”. Allí anotamos todo lo que durante el curso no somos capaces de resolver por falta de tiempo, fuerzas o ganas, y que lleva pendiente meses, años incluso. Sobra decir que, a 30 de agosto, apenas hemos tachado unas pocas tareas.
“Rematar mi libro. Leer manuscritos de amigos. Renovar DNI. Cambiar tarifa telefónica. Dentista…”. A la lista familiar de la nevera, añadí mi propia lista personal para el verano. La copié de la nota del móvil que uso como lista de tareas, esa que va engordando durante el año y mezcla asuntos laborales, domésticos, burocráticos y de salud. Todas esas obligaciones que un día anotas en lo alto de la lista, pero que van cayendo hacia abajo a medida que entran nuevas obligaciones, a cual más urgente, que a su vez irán hundiéndose en ese pozo sin fondo hasta borrarlas un día por pura caducidad.









