Los llanos en llamas, los montes que arden, la leña que quema. Miles de hectáreas devoradas en un puñado de semanas
Y entonces se acaba el verano. Dejamos de ser ausentes. Volvemos a las ciudades y nos acordamos de todo eso que era hueco, en balde, pero que era libre. Nos acordamos del teléfono que sonaba, de cuando no había nadie para cogerlo, de los mensajes dejados sin abrir en los buzones....
Del sol que se ponía a torear en el cielo, despacio, a fuego lento, con el remate en la otra mano, y el viento poniéndole el peto, citando de rodillas, dándole a la zurda. Nos acordamos de todo eso que ha sido y se ha ido. Tampoco es que nos apetezca la resaca, pero algún que otro pellizco sí se te queda atrapado en la piel, y no puedes dejar de echar una mirada por encima de la barandilla.
Y entonces se acaban los tiempos muertos, de los que se matan callando. Se acaban las horas huecas, vacías, las que esperan en el cuarto, calladas, íntimas, y de ahí ni se mueven. Y así, con desdén, con mantilla, las miramos caer. Y ellas, con culebras en la mirada, se apiñan en los ángulos, y así vamos una hora más, dándole a la cama, apretando la mañana contra el pecho.
Y pasarán los años, volando, vendrá el tiempo rociándolo todo con gasolina, prendiéndole fuego, metiéndole leña, olvido, a todo lo que ha sido, y vendrán más años, y volverán más días. Pasarán los años y los veranos se nos quedarán clavados como navajas abiertas, y un día nos cansaremos por fuera y por dentro.






