Por primera vez he sentido que la llegada del ocaso no nos daba pazEl caballo violeta de la cueva de Tito Bustillo.Caminando casi a tientas por los pasadizos de las cuevas de Tito Bustillo, la guía que nos dirige hacia las pinturas rupestres nos explica que quienes dibujaron las maravillas que estamos a punto de ver vivían en cavernas porque era el único lugar donde los humanos de entonces encontraban una temperatura soportable. Fue hace 20.000 años. Al salir nos enteramos de que muy cerca de donde habíamos visto un hermoso caballo violeta trazado con maestría sobre las ondulaciones de las rocas, que ayudaban a crear los volúmenes del animal, había también un mural gigante lleno de dibujos de vulvas, que no nos iluminaron con la linterna. Nos quedamos sin saber si ahí los cavernícolas aprovecharon también las hendiduras de las piedras para su arte. Como consecuencia, las autoridades pedagógicas competentes se ahorran poner a prueba con verdades anatómicas el sentido moral de los padres de los niños que van de visita. Aunque los niños, dicho sea de paso, lo primero que aprenden a dibujar en las paredes es el aparato reproductor masculino en todo su esplendor, pelos incluidos. Aún resulta problemático mostrar el lugar donde pasamos por primera vez de las tinieblas a la luz del día, la cueva primordial de la que salimos todos. Este verano he pensado mucho en la noche, quizá porque me sobrecogió saber que hubo un tiempo en el que los humanos se vieron obligados a vivir sin luz natural a causa del clima; a lo mejor porque por primera vez desde que habito el planeta, he sentido que su llegada no nos daba paz mental ni solaz térmico: en 2026 salir “a la fresca” murió como concepto; tal vez porque vi nacer la oscuridad como en una especie de fabuloso parto inverso. Me refiero al eclipse, claro, que contemplé total y rotundo desde el techo de la casa donde mis padres me llevaron nada más nacer, junto a la mujer que me trajo al mundo y la que la engendró a ella.Cuando los pájaros asustados por el súbito ocaso emprendieron el vuelo en bandadas y un viento misterioso nos levantó la melena, comprendí que decían la verdad los expertos que explicaban lo conmovedor que sería, pero que solo al comprobarlo en persona me lo estaba creyendo. Me ha pasado lo mismo con aquel mensaje agorero que un irritante muchacho gafotas nos mostraba una y otra vez sobre un cartón en el estío de 2020. Entonces llegué a odiarle por formular algo que no era una amenaza, sino un aviso para recordar en las noches tórridas. “Este es el verano más fresco del resto de tu vida”. La ciencia que puede salvar a nuestra civilización exige la misma fe que la religión. Y esta ahora mismo va ganando. Archivado EnOpiniónSociedadCalorOlas calorMedio ambienteCambio climáticoEmergencia climáticaVeranoEcologismoArte prehistóricoPintura rupestreFamiliaMadresHijosPrincipado de AsturiasEclipsesEclipses EspañaEducación sexualClimas
El verano en que murió la noche
Por primera vez he sentido que la llegada del ocaso no nos daba paz









