A trav�s del espejoDesconf�o de los d�as en may�sculas. Me dan siempre ganas de taparme la cabeza hasta que termine de explotar lo extraordinario y la vida vuelva a un tama�o manejableUna mujer toma fotograf�as del atardecer en el Ca��n del r�o Sil.EFEActualizado Viernes,
agosto
23:04Audio generado con IAA m� el Eclipse me pill� en un barrio de Madrid que resisti� desafiante a plena luz, ech�ndole un pulso al apag�n. Gan� �l, que no tuvo que encender ni una farola. Tambi�n es mala suerte. El primer Cero solar en un siglo. Las Olimpiadas de la Astronom�a. La Ciencia abrazada a la M�stica, las dos con el cuello r�gido y las mismas gafas negras, perge�ando una sus mediciones y otra sus conjuros. Y yo en el balc�n con todo el kit astral, sin dar cr�dito al plant�n.Otro d�a en may�sculas que me pasa por delante. Aunque la verdad es que suelo desconfiar de ellos. Los hitos hist�ricos me dan siempre ganas de acostarme. De enroscarme sobre m� misma como una rueda de regaliz y taparme la cabeza hasta que termine de explotar lo extraordinario y la vida vuelva a un tama�o manejable. Un poco como Angela Merkel entrando a la sauna de todos los jueves aquel d�a de 1989 en que arreciaba el fin del comunismo: ba�ada en vapor, con la tensi�n en m�nimos, mientras fuera la ca�da del Muro tumbaba la Guerra Fr�a pero no las viejas costumbres. Yo tambi�n tengo mis man�as y todas requieren que el Sol siga saliendo. Eso me dije en los d�as previos al Eclipse, cuando me dediqu� a ningunearlo. Hasta que el Eclipse decidi� ignorarme a m�. Un ghosting en toda regla. Otro ba�o, pero de humildad.Tampoco es la primera vez que la Historia me adelanta por la derecha a gran velocidad. El 11 de septiembre de 2001 terminaba de comer en un bar que durante un tiempo fue una habitaci�n supletoria de mi casa. Yo no lo sab�a entonces, pero me dispon�a a hacer la �nica entrevista de mi vida que no ha sido publicada por motivos de fuerza mayor: el Fin del Mundo. A los postres alguien llam� a una de mis acompa�antes para anunciarle que se acababa todo. Ella tap� el auricular para pedirse un mousse. Horas despu�s vimos lo de los aviones enhebrando las Torres de Manhattan y coincidimos en que hab�a sido buena idea posponer el apocalipsis.Al fin y al cabo hab�a habido otro el a�o anterior, cuando el efecto 2000 nos pill� brindando por el minuto en que los ordenadores reventaran el sistema rebobinando a 1900 y oblig�ndonos a todos a vestir faldas abullonadas, levitas y sombreros de pluma. Y habr�a uno m�s poco despu�s, con la ca�da de Lehman Brothers, que me sorprendi� de vacaciones en el castillo de Edimburgo sin reflejos suficientes como para pedir una hipoteca basura sobre su propiedad, que en 2008 deb�a estar tirada.El caso es que los grandes eventos me tensan desde siempre. Y ahora hay tantos que cuando se anuncia otro -por lo pronto se vienen dos cortocircuitos solares inmediatos- siento el impulso de aterrizar su dimensi�n comi�ndome, qu� s� yo, unas lentejas.Tambi�n es que he vivido lo bastante como para saber que lo Importante siempre ocurre cuando nadie est� mirando.













