0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialSoy de los que leyeron Un yanqui en la corte del rey Arturo de niño, en aquellas adictivas adaptaciones ilustradas de Bruguera tituladas Joyas Literarias Juveniles. La historia enganchaba. Había viajes en el tiempo. Y el protagonista se salvaba prediciendo un eclipse, esto es, con el ingenio, con el conocimiento, además de, como casi todo en la vida, con un empujón de la suerte –y de su autor, Mark Twain– para caer en el año correcto. La historia podía no estar tan lejos de las aventuras de los Cinco o las de Agatha Christie. Pero el protagonista, un ingeniero decidido a llevar el progreso de finales del XIX al mundo feudal, se salvaba no con la lógica detectivesca, sino con ciencia, aunque para el rey Arturo el ingeniero yanqui fuera un mago, un brujo con poder sobre los elementos. Otro gran escritor, por ahora de ciencia ficción, aunque abierto a acabar en la categoría de novela histórica según vayan las cosas, Arthur C. Clarke, lo sintetizó advirtiendo que “cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”.Una viñeta de 'Un yanqui en la corte del Rey Arturo' de las antiguas Joyas Literarias Juveniles de Bruguera LVY en medio del agotador runrún por el eclipse –y de las hipérboles: “eclipses españoles”, titulaba una web oficial, y algún medio ha hablado de que los tres que se nos vienen convierten a España en “epicentro cósmico”, dejando en pañales a Leire Pajín y su encuentro histórico planetario entre Zapatero y Obama–, y con los conocimientos astronómicos acumulados y unas cuantas películas detrás, no resulta difícil adivinar que esta noche se manifiesta, además del enésimo hype, cierta añoranza por la magia, por el viejo encantamiento del mundo que la ciencia y la técnica de ingenieros como el yanqui que conoció a Arturo desencantaron a marchas forzadas.Esta noche se manifiesta una conexión con aquellos antepasados que mirando al cielo inventaron dioses para poblar las estrellasSe manifiesta una conexión con aquellos antepasados que mirando al cielo inventaron dioses para poblar las estrellas, darles forma, crear sentido, aunque a veces las historias de esos dioses fueran dignas de la revista Diez Minutos. Aquellos antepasados que alzando la cabeza hacia la cúpula nocturna con pequeñas luces confiaron a alguna todopoderosa deidad su suerte en un mundo incierto y en el que, a veces, el sol se ennegrecía.El proyecto de la Ilustración, de la modernidad, intentó eliminar la incertidumbre llevando la ciencia y la técnica al límite, pero la magia resurge. Por un lado, en forma de IA, un Golem, un Frankenstein que cobra vida autónoma y que, como el yanqui en Camelot, parece capaz de cualquier prodigio. Por otro, las mismas fuerzas desatadas por la modernidad para controlar el mundo han logrado que se nos vaya de las manos, como muestra este verano. Hoy de nuevo miraremos al prodigio del cielo deseando, quizá, que se alineen los astros.