0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialEl sol se pondría tras la colina un minuto antes de que el eclipse alcanzara su totalidad, pero no importaba. En la pizarra de la farmacia del puerto habían anunciado que ya no quedaban gafas; la idea era contemplar los cambios de luz desde la terraza del apartamento. Pensaba que sería un bluf, incluso lo deseaba un poco: gente gastándose un dineral o jugándose la vida en la sierra de Tramuntana para verlo, ricos invadiendo con sus yates espacios naturales, y no tan ricos invadiendo con sus coches espacios públicos, diez mil embarcaciones perturbando la vida marina. Todo por una foto, porque la mayoría no se conformaría con presenciar el fenómeno; además necesitaría demostrarlo. Stephanie Lecocq / ReutersNo me moví de casa. Salí a la terraza cuando el sol destellaba sobre el mar como cada tarde y me senté a mirar. A mis pies, unos vecinos siguieron jugando con su nieta en la piscina. Algo más allá, clientes del hotel de al lado se acercaron a la orilla con una copa de vino blanco en la que tal vez se reflejara el eclipse. Los que no tenían gafas homologadas lo miraban de espaldas, utilizando el modo selfie del teléfono. En el rooftop del hotel centelleaban los flashes de quienes intentaban inmortalizar el momento.Sentimos todos el mismo estremecimiento ancestral hasta que volvió a clarearPoco a poco, a medida que el sol bajaba, todo se fue tiñendo de un tono extraño, las sombras se alargaban irreales hacia direcciones imposibles sobre un verde como reflejado en un espejo, y se hizo un silencio reverencial. El hotel consideró pertinente poner una banda sonora épica desde el rooftop y los clientes consideraron necesario aplaudir dos veces, una con la puesta de sol y la otra cuando todo quedó en penumbra y los murciélagos volaron desordenadamente mientras un avión cruzaba el cielo. Entonces sentimos todos el mismo estremecimiento ancestral y compartimos el mismo asombro durante unos segundos, aguantando la respiración, maravillados y sobrecogidos, hasta que volvió a clarear.Aunque el eclipse no había acabado, todo el mundo se retiró enseguida, casi con prisa por volver a la normalidad. Permanecí sentada mirando el puerto, mientras pensaba que ojalá haber presenciado un acontecimiento tan excepcional sirviera para algo más que para contarlo y mostrarlo en las redes.