“El mundo de los profanos, lo propio que el mundo sabio, se preparan ahora para observar el fenómeno que se avecina”. Podríamos ser esos profanos ávidos “de contemplar un espectáculo que no tiene rival entre las grandes maravillas de la Creación” o los sabios deseosos de estudiar el fenómeno con la nueva tecnología de los que hablan estas líneas. La expectación ante el eclipse de mañana es idéntica a la que relataba Hojas selectas, revista mensual sobre arte, ciencia, actualidad…, ante el eclipse total del 30 de agosto de 1905. Y es que la fascinación por los fenómenos astronómicos es tan antigua como el ser humano. Una fascinación modulada por los conocimientos científicos y creencias de cada época. Es fácil comprender que para nuestros parientes más lejanos en el tiempo, sin información sobre la mecánica celeste, la fascinación tomase forma de miedo y superstición. Un mal augurio. Una advertencia divina. Como medos y lidios, que pusieron fin a una guerra de cinco años tras el eclipse que los sorprendió en plena batalla en el 585 a.C. La visión temerosa no se fue con el paso de los siglos. El 28 de enero del 814, cuando Carlomagno murió de pleuresía a los 72 años, la interpretación popular señaló a los cuatro eclipses de sol visibles en el Reino Franco entre el 810 y el 813. Que tres de sus hijos muriesen en el 810 y el 811 contribuyó a consolidar la versión. Tanto que cuando el 5 de mayo de 840 hubo un nuevo eclipse, Ludovico Pío, el hijo que sucedió a Carlomagno en el trono, enfermó de terror y murió apenas unas semanas después.El avance del conocimiento científico fue aminorando la superstición, aunque su difusión asimétrica provocó que el descenso del miedo también fuera desigual. Por suerte, el trío de eclipses visibles en España a principios del siglo XX llegó en plena explosión tecnológica, económica y social. Las crónicas nos hablan de multitudes curiosas y de excursiones populares y científicas a los lugares que se presumían de mejor visibilidad. De astrónomos como José Comas Solá, introductor de la fotografía en la astronomía, que vivió el eclipse de 1900 en Elche, el de 1905 en Vinaròs, y el de 1912 en O Barco de Valdeorras. Junto a su mujer y una cámara, tomó notas de gran valor e intentó inmortalizar cada uno de ellos. En 1912 logró grabar el eclipse total fugaz mostrando con su película, hoy, perdida, que en realidad no había sido total.Mañana, gafas en ristre, es un día magnífico para disfrutar del juego de sombras cósmicas que nos regala la mecánica celeste. Para aprender y vivir en directo lo aprendido, escribiendo nuestra propia crónica de un recuerdo común.
Crónicas de un eclipse
Mañana, gafas en ristre, es un día magnífico para disfrutar del juego de sombras cósmicas que nos regala la mecánica celeste













